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jueves, 29 de septiembre de 2011

Sócrates y el amor homosexual

Colocando el tema del eros en el centro de su reflexión moral y política, los filósofos de la antigua Grecia, o al menos algunos de ellos, se encontraron ante la inevitable necesidad de reflexionar sobre la coexistencia en los hombres de pulsiones provocadas por individuos del mismo y de distinto sexo. Se impusieron entonces el doble objetivo de establecer las diferencias entre el amor homosexual y el heterosexual y trataron de establecer cuál de ellos era superior, pues tras la práctica en masa de la homosexualidad surgió una especie de malestar, cuyo campo no era el de la moral, sino el de la utilidad social.

Con el discurso de su discípulo Platón, el primer teórico del amor fue Sócrates. Pero puesto que de la composición socrática con respecto al eros estamos informados casi exclusivamente por Platón, es necesario, como preliminar, intentar averiguar cuánto hay de “platónico” en la imagen de Sócrates que Platón presenta, y si esta imagen no ha sido de algún modo falseada por las ideas y las tendencias del discípulo.

Según una opinión tan autorizada como difícil de compartir, Platón habría sido “sexualmente desviado”. A diferencia de los otros griegos (felizmente homosexuales en la juventud y luego asimismo felizmente heterosexuales), Platón habría sido exclusivamente homosexual. Y la percepción de la “asocialidad” de su eros sería una de las causas de su anhelo de un amor espiritual, cuya teorización lo habría puesto a cubierto a la vez de las críticas de conciudadanos y de los tormentos de su conciencia, angustiada por la consciencia de su anormalidad: de donde, según quien sostiene esta teoría, el deseo y el esfuerzo de Platón por presentar un Sócrates casto, desinteresado por el sexo y absolutamente incorruptible frente a los intentos de seducción masculinos. Una sublimación de la imagen del maestro, en suma, y al mismo tiempo una especie de autodefensa frente a la opinión pública, la cual, a través de la figura de Sócrates, Platón habría demostrado que el amor por los muchachos, lejos de ser una culpa, podía convertirse en instrumento de la conquista de la sabiduría.
Sin embargo, y prescindiendo de la dificultad de aceptar una interpretación semejante del eros platónico, es bastante difícil pensar que el rechazo socrático del amor físico sea algo forzado por Platón.

En primer lugar, la aspiración de Sócrates de establecer con los muchachos relaciones exclusivamente espirituales, si bien surge en buena parte de los diálogos platónicos, se deduce también de otras fuentes.

En los Memoriabilia de Jenofonte, por ejemplo, Sócrates habla de la “bestia salvaje que se llama joven en flor, más peligrosa que el escorpión, porque inyecta un veneno que hace enloquecer a la víctima, incluso si ésta no entra en contacto con él”. Ceder a las lisonjas del sexo es peligrosísimo para Sócrates, no sólo según la presentación platónica, sino también según la imagen que de él tenían otros testigos, como Jenofonte, cuya postura respecto a la homosexualidad era muy distinta de la platónica.

Para Sócrates, la continencia era un modelo de vida que se inscribía en la aspiración general del control de sí mismo, que nada tenía que ver con el sexo del objeto del amor.
La continencia sexual, en suma, era uno de tantos aspectos del rigor que Sócrates creía indispensable, en todos los aspectos de la experiencia, para alcanzar la plenitud del ser, consistente en el dominio de la mente (psyche) sobre el cuerpo. Lo que no significa, por otra parte, que no amase a los muchachos. Al contrario, Sócrates declara en el Banquete de Jenofonte no recordar un momento de su vida en el que no haya estado enamorado. En el Menón de Platón confiesa no saber resistirse a la belleza. Y esta belleza, está claro, es la de los muchachos: como demuestra, sin posibilidad de equívoco, otro célebre pasaje platónico.

En el Cármides, mientras todos elogian la belleza del joven, Sócrates admite que, en efecto, Cármides sería irresistible si a la belleza añadiese cualidades morales adecuadas. Y entonces, para probar su carácter, entabla una conversación con el muchacho, quedando literalmente trastornado. Pero no por las cualidades intelectuales de Cármides, sino por sus bellezas ocultas: “Entonces ocurrió […] tambaleándose mi antiguo aplomo; ese aplomo que, en otra ocasión, me habría llevado a hacerle hablar fácilmente. Pero después de que –habiendo dicho Critias que yo entendía de remedios- me miró con ojos que no sé qué querían decir y se lanzaba ya a preguntarme, y todos los que estaban en la palestra nos cerraban en círculo, entonces, noble amigo, intuí lo que había dentro del manto y me sentí arder y estaba como fuera de mí, y pensé que Cidias sabía mucho en cosas del amor, cuando, refiriéndose a un joven hermoso, aconseja a otro que ‘si un cervatillo llega frente a un león, ha de cuidad de no ser hecho pedazos’ Como si fuera yo mismo el que estuvo en las garras de esa fiera…”

¿Y qué decir de su amor por Alcibíades? En el relato platónico, Sócrates resiste al bellísimo impúdico que aspira a convertirse en su eromenos: “Por mi parte, el amor que siento por Alcibíades me ha llevado a una experiencia puntualmente análoga a la de las Bacantes, que cuando están inspiradas pueden hacer brotar leche y miel allí donde otros no sacarían ni siquiera agua de un pozo. Igualmente yo, incluso si no he aprendido nada que pueda transmitir a alguno para hacerlo bueno, he pensado que, en virtud de mi amor, mi compañía habría podido hacerlo mejor”.

“El pasaje –escribe Guthrie- rezuma ironía: la amarga ilusión de Sócrates… es conseguir con su amor convertir a un régimen de la vida más correcto al disoluto Alcibíades”. Sócrates, en suma, no rechaza los amores masculinos. Rechaza los amores puramente carnales: “El que amase el cuerpo de Alcibíades no querría verdaderamente a Alcibíades, sino solamente una cosa que le pertenece”, afirma en Alcibíades. Y en el Banquete de Jenofonte es todavía más drástico: “Tener relaciones con una persona que ama tu cuerpo más que el alma es algo infame”.

¿Qué conclusiones sacamos acerca del criterio de Sócrates sobre el amor? Que en su rechazo de las relaciones físicas, el problema del sexo del objeto del amor no representaba el más mínimo papel. Si se resistía a los muchachos era porque, como era normal para un griego, eran estos y no las mujeres la auténtica tentación. Su respeto teórico por las mujeres no impedía a Sócrates amar a los muchachos y considerar a las mujeres personas con las cuales no era posible mantener un nimio intercambio intelectual: y de las cuales, en consecuencia, difícilmente hubiera podido enamorarse. El sexo que atraía y tentaba a Sócrates, en suma, era el masculino, era a los muchachos a los que debía resistir en nombre de su ideal de vida. Resistir a las mujeres era un problema que no se presentaba: ni a él ni, por distintos motivos, a su discípulo Platón.

(Maria Dubon, Ataraxia)

miércoles, 28 de septiembre de 2011

La masturbación es platónica

Hace mucho tiempo escuché en la televisión al sexólogo sabelotodo Marco Aurelio Denegri afirmar lo siguiente: “las relaciones heterosexuales son las más disfuncionales; las homosexuales lo son menos; y, la que nunca falla es la relación auto-erótica: la masturbación”. No hay, sostenía, en condiciones normales, una masturbación que falle. Infalibilidad absoluta. 100% de efectividad. Esta singular y muy significativa cuestión nunca me terminó de cuadrar. No porque no me pareciese verosímil, de hecho, mi propia experiencia casi la confirma (y piensen, queridos lectores, en sus propias experiencias); en realidad, nunca me cuadró del todo porque no sabía cuál era su explicación. Y como buen filósofo siempre le planteo un por qué a la vida, y exijo que me responda.

En todo caso, por épocas recordaba la cuestión, y luego pasaba al olvido. Así fue transcurriendo el tiempo. Hasta que hace unos días algo ocurrió, y fue precisamente en terapia. Fue una experiencia interesante ir a mi última sesión de psicoanálisis después de haber pasado la noche formando parte de la cohorte de Dionisos, rodeado de sátiros y de ninfas, de alcohol y de humo. Aún con la vibración en el cuerpo, pleno de intensidades en la carne, pero ya con la conciencia despierta -aunque no atenta- me desparramé en el sofá. Mi primer pensamiento fue: “nunca he llegado 15 minutos tarde como hoy, ¡maldición!”. El segundo: “la masturbación es platónica…”. Esta idea -que no tematicé explícitamente en terapia, pero de la que sí hablé con mi hermana algunas horas después (quien, dicho sea de paso, es psicoanalista)-, en conjunción con mi experiencia nocturna, me hizo recordar la afirmación de Marco Aurelio Denegri. ¡Y claro! La respuesta a la pregunta que tanto me rondaba la mente estaba ante mis ojos: la masturbación era platónica y eso explicaba que fuese absolutamente funcional, ideal.

La masturbación es platónica entonces. Seguramente todos han oído hablar alguna vez de la famosa “teoría de las Ideas” del filósofo griego Platón. Según este pensador, existen dos mundos: por un lado, este mundo concreto que conocemos, en el que habitamos y actuamos los seres humanos, y que se caracteriza por la negatividad de la materia: imperfecta, temporal, caduca, corrupta, finita, etc.; por otro lado, existe un más allá, perfecto, eterno, ideal, pleno, que escapa a la degeneración del mundo material (algo así como el cielo de los cristianos). La cuestión cae por su propio peso: ¿qué hacemos al masturbarnos si no es ubicarnos en un más allá ideal? ¿No son las fantasías con las que jugamos en nuestra mente representaciones perfectas de aquello que deseamos? Es justamente esa perfección del objeto de deseo masturbatorio el que hace que esta nunca falle, ¿cómo podría no ser exitosa? La única opción que se me ocurre es un auto-boicot, es decir, que generemos una fantasía que no sea ideal y que, por lo tanto, nos cause algún tipo de insatisfacción, malestar o sufrimiento. Evidentemente, en este caso el acto se verá perjudicado, pudiendo ser disfuncional. Pero la mayor parte de las veces eso no ocurre.

Si la masturbación es platónica -y por eso ideal-, las relaciones sexuales concretas con un ser humano del sexo opuesto son nietzscheanas. Nietzsche, filósofo alemán del siglo XIX, dirige todo su proyecto crítico al idealismo fundado por Platón y Sócrates, pues considera que este al afirmar la existencia de un mundo trascendente perfecto le está negando al mismo tiempo plena realidad a este mundo (y a este cuerpo) que habitamos. Para Nietzsche, la creación de ese otro mundo ideal es expresión de individuos que no soportan la existencia tal cual es, con toda su imperfección, con el dolor, el sufrimiento, la conciencia de la muerte, etc. Solo quienes no han comprendido el sentido trágico de la vida, quienes no aman la tierra, pueden atreverse a postular otra vida. Son débiles, incapaces de gozar la existencia, impotentes para afirmarla tanto en el dolor y en la alegría. Se refugian en su fantástica realidad ideal. El sexo, evidentemente, no es ideal. Es plenamente material, corporal, expresión de fuerzas e intensidades. En la relación sexual nos enfrentamos a lo real en el cuerpo del otro. La alteridad radical de la eventual pareja nos impide controlar, conocer, nos impide asegurarnos para alcanzar un “final feliz”. Nunca sabemos qué encontraremos: qué gestos, movimientos, olores, texturas, palabras, etc., saldrán a nuestro encuentro para sorprendernos. El otro como fuente de lo desconocido, de misterios; el otro como signo, como experiencia abierta, como afuera absoluto. Evidentemente, solo cuando nos entregamos a la experiencia de lo ajeno e incógnito podemos fallar. Y de hecho, fallaremos una y otra vez, pues no sabemos cómo recorrer el camino, pues no conocemos el camino, pues el camino está siendo trazado en cada instante, con cada paso.

La masturbación, por platónica, no es disfuncional. Pero claro, es tibia. Ahí nomás. Está bien, pero seguro sentimos que algo le falta. Y lo que le falta no es más que la densidad propia de la realidad. La fantasía ideal nunca nos decepcionará, de eso estamos seguros. Pero tampoco nos llevará muy lejos, pues no tiene una conexión efectiva con las fuerzas e intensidades que recorren y mueven la vida. Nos mantiene en una segura medianía. La relación sexual efectiva, por el contrario, está plagada de vitalidad. Y la vitalidad es impredecible, puede encenderse y llevarnos a lugares insospechados (y terminaremos diciendo cosas como: “yeah, yo quiero el shampoo que ella está usando”)… pero también puede simplemente apagarse como un cigarro mojado. En todo caso, el riesgo de perder solo existe cuando también podemos ganar. Y eso solo nos lo ofrece la tierra y el cuerpo. No las ideas.

Pero, si la masturbación es platónica y el sexo heterosexual nietzscheano, ¿dónde queda el homosexual? ¿Y las demás posibilidades? Habrá que seguir pensando, ¿experimentando?

(del Blog “Filosofia Popular”)

miércoles, 17 de agosto de 2011

“La Marica es Revolucionaria”

Ayer me encontraba con unos amigos en un reconocido café gay de la ciudad, hablando de lo que siempre hablan los gays, de moda, de chismes, de hombres lindos y de lo glamorosos que somos, y bueno, como yo no soy de moda, chismes y glamour, pues terminamos hablando de política, un tema que es tan jarto para la mayoria del planeta, excepto para mi. Bueno, mis amigos me escuchan, pero tratan de no opinar mucho, y eso que hable de temas que tienen una gran incidencia para la poblacion LGBTI.

Todo eso me llevo a concluir varias cosas. En primer lugar me di cuenta que la “comunidad” LGBTI esta fraccionada en tres grandes sesgos.

El primer sesgo, ese que es mas rosadito, lo intengra una inmensa masa que no tiene una opinión política, ya que su especialidad es vestir a la moda, ojear revistas de farandula y servir de cara rumbera del movimiento, son glamorosisimas, les encanta bailar, beber y pasarla bueno, es espectacular.

El segundo sesgo tira a ser como de color lavanda, y son aquellos gays y lesbianas conservadores, que buscan el reconocimiento de sus relaciones dentro de la familia tradicional y el matrimonio (que ya ni los heterosexuales defienden), y que están en ese activismo light, un tanto hegemónicos, y bueno tienden a reconocer una comunidad LGB, ya que la “T” y la “I” son cosas “que pueden esperar”, no me gustan tanto como los primeros, pero bueno yo creo que cualquiera que este en la lucha sexual es bienvenido.

Y estamos por ultimo l@s tercer@s, ese sesgo de color rojo, de tendencia revolucionaria, que estamos mas a favor de la teoría queer, de las tesis postmodernistas y marxistas sobre la libertad sexual y de genero, y que estamos mas a la defensa de leyes de identidad de género y políticas publicas que le garanticen a la comunidad LGBTI (esta vez teniendo mas e cuenta no solo los LGB sino también los TI) una calidad de vida mas igualitaria, también defendiendo un activismo mas contestatario y subversivo, claro nosotros somos los mas aburridos, por eso me gustan mas los primeros.

Como en la mayoria de las conversaciones con mis amigos, bajando tanta cháchara con nuestras cervezas frías, termine dejando el tema ahí para crear mentalmente algo más que añadir a mi performatividad futura, ¡¡¡QUE TAL SI ME HAGO UN LINDO VESTIDO DE LOS TRES SESGOS Y LO LUSCO ORGULLOS@!!! Un poco rosadito, un pequeño encaje lavanda, y una linda boina roja… La que puede, puede.

martes, 16 de agosto de 2011

¿Una Masculinidad Homosexual?

(Extracto de una ponencia efectuada en la Cepal y publicada por Flacso)

¿Qué es la masculinidad homosexual?, ¿Cómo se manifiesta?, ¿Ha sido fácil para los homosexuales generar estructuras y relaciones sociales propias que nos permitan el armonioso desarrollo de nuestra masculinidad ?, ¿La masculinidad homosexual es diferente a la heterosexual?

Estas son algunas de las preguntas que me formulé cuando FLACSO me invitó a exponer ante ustedes.

Dar respuestas a estas interrogantes no es fácil, pues cualquier análisis tiende a la generalización y, por tanto, los discursos lejos de dar cuenta de la realidad, la sesgan.

Sin embargo, en mi calidad de hombre homosexual me atrevo a dar algunas aproximaciones de lo que significa para los gays nuestra masculinidad.

De las siguientes palabras marginé todas aquellas apreciaciones originadas sólo de mi experiencia e incluí lo que es común a muchos, por no decir a todos, los homosexuales. Espero con ello, dar una interpretación más acertada, aunque no debemos olvidar que ningún análisis, por más que se pretenda, es neutro.

Los gays hemos sido discriminados desde antes que el vocablo homosexual irrumpiera en las ciencias y en la literatura.

Con el desarrollo y expansión del catolicismo, los hombres homosexuales dejamos de ser respetados como lo fuimos en la Antigüedad.

El Catolicismo a partir del año 342 condenaba con la pena de muerte a aquellas personas que mantenían relaciones homosexuales. Esta afirmación se demuestra fácilmente con las persecuciones inquisitoriales que castigaron a la humanidad desde 1448 a 1778 aproximadamente.

Los reyes católicos nos sancionaron con la hoguera y la confiscación de bienes.

Esta actitud condenatoria contra actos concebidos como antinaturales es transmitida por las expediciones misioneras que llegan al nuevo mundo durante la Conquista.

Se instaura así la lógica de una religión dualista que concibe al bien y al mal en constante pugna. La idea es acabar con todo aquello que perturbe los postulados del cristianismo, cristalizándose la visión del sacrificio y la conversión por el bien de la sociedad.

En los últimos tiempos la jerarquía católica ha reconocido muchos de sus errores, pero respecto a la homosexualidad los avances sobre los derechos de las personas gays son paradójicos.

Lo que resalta es un afán por comprender y discriminar al mismo tiempo.

Hoy la Iglesia Católica asevera que no castiga a los gays, siempre y cuando no tengan relaciones sexuales con personas de su mismo sexo.

En otras palabras, se indica que la naturalidad de un hombre homosexual es antinatura, contraria a la moral y lo normal por lo cual los mitos respecto a los gays tienen una explicación religiosa que es asumida sin grandes cuestionamientos por las sociedades.

Las ideas católicas, como todas las dominantes, poseen una auto-imagen de superioridad que es asumida por las élites y los Estados criollos. Dicha superioridad, históricamente se ha definido por la negación del otro.

Negar, para efectos de este análisis, implica concebirse diferente al resto de las personas que son desvalorizadas y situadas del lado del pecado, del error, de la ignorancia y de la degeneración del orden establecido.

Las diversas ciencias, por su parte, que se suponen venían a poner fin a los mitos sobre la realidad, en el caso de los homosexuales los han acentuado.

El conocimiento científico ha centrado su interés en los orígenes y causas de la homosexualidad, dando paso al clásico dilema que cuestiona si los gays nacen o se hacen.

En el ámbito de la sicología latinoamericana impera aún la visión de Freud.

La hipótesis de la madre dominante y el padre ausente como causas de la homosexualidad llevan a concebir por los estudiosos a los gays como enfermos, pues se cree que el proceso de maduración sexual del individuo fue castrado.

De igual forma, la biología no lo ha hecho mejor. Buscando las causas de la homosexualidad en las hormonas, los genes y el cerebro no sólo ha sometido a los gays a criminales experimentos, sino que también ha desviado el tema de sus aspectos sociales y culturales. En otras palabras, se da por sentado que los problemas que sufrimos los homosexuales producto de la discriminación y la intolerancia son intrascendentes si los comparamos con la hiperrelevancia que se da a lo biológico.

Los Estados, por su lado, no han hecho menos. Ahí tenemos al Chileno que a través el artículo 365 del Código Penal sanciona la sodomía entre adultos aunque sea de mutuo consentimiento.

Es así como nuestra forma de vida se encuentra deslegitimada a priori.

En el ámbito político muchas personas combaten que el concepto de ciudadanía se restrinja a los procesos electorales e inhiba que las personas se expresen y participen en las tomas de decisiones que afectan su vida cotidiana. Sin embargo, en el caso de los derechos de los homosexuales estas mismas personas aprueban que el Estado mantenga la penalización de la sodomía. Ello hace particularmente más difícil la lucha contra el discurso oficial pues lo dominante se encuentra luchando activamente contra lo que considera un peligro.

Vemos, entonces, que el pensamiento institucionalizado se vale de dos procesos para la deslegitimación, negación y consecuente exclusión de las minorías.

El primero es una explicación irracional y emotiva del discurso del otro que persigue la

descalificación. Así se dirá que los homosexuales organizados hablamos porque estamos frustrados, amargados o envidiosos por no ser heterosexuales.

Paralelo a esta explicación irracional, se desarrolla la denegación que se define como la

oposición a conceder la más mínima veracidad a un hecho o a una aserción expresada por la minoría. Así se des-valoriza y bloquea nuestra posible influencia social y política.

Apreciamos, entonces, que los homosexuales somos conceptualizados míticamente desde los más diversos ámbitos: Religión, Ciencias, Estado y Política.

Todo esto lleva a la conformación de una cultura homofóbica que ejerce una influencia negativa en las diversas relaciones homosexuales.

Si somos vistos como pecadores por la Iglesia Católica, como enfermos por las ciencias, como delincuentes por el Estado y como ciudadanos de segunda categoría por la política, resulta evidente que las ideas sobre la homosexualidad se estructuran sobre la base de diversos mitos.

Uno de ellos es la supuesta anti -naturalidad de la orientación gay.

Al ser concebidos como contrarios a la naturaleza, los discursos intentan dar sus explicaciones respecto de las relaciones sexuales entre dos hombres.

Como lo aceptado es que sólo se relacionen eróticamente un hombre con una mujer, se traslada esta concepción para explicar cualquier contacto sexual. De ahí que se perciba que los homosexuales debemos ser afeminados o pretender ser mujeres, pues se sostiene que el único sexo facultado naturalmente para relacionarse con un hombre es el femenino.

Al hablar de relaciones homosexuales, no me refiero sólo a las contactos amoroso-eróticos.

Lo que quiero destacar es que los homosexuales generamos diversas estructuras sociales que dependen del lugar de donde nacimos, de nuestros intereses, de nuestra educación, clase social y niveles de conciencia política.

Así podemos ver, por ejemplo en Estados Unidos, barrios homosexuales que poseen una economía y una forma propia y particular de relacionarse.

Sin embargo, generalmente estas “formas propias de relacionarse” no han sido originadas por si solas, sino que han trasladado a su seno lo que el pensamiento institucionalizado cree que significa ser homosexual.

Las excepciones a esta regla, desde mi punto de vista, generarían una propuesta distinta de sociedad que se estructura sobre conceptos nuevos de política, familia, relación de pareja y, por supuesto, de masculinidad.

El análisis sobre las estructuras sociales gays involucra muchos factores que generan, finalmente, diversas culturas homosexuales.

Cultura es todo lo creado por hombres y mujeres, sin embargo, para efectos de esta exposición me limitaré a la masculinidad homosexual imperante y a la nueva masculinidad que algunos homosexuales hemos asumido gracias, entre otras cosas, a un mayor nivel de educación y conocimiento de nuestra orientación sexual.

Al respecto debo aclarar que no me referiré al travestismo, pues esta forma de homosexualidad tiene diversas explicaciones y significaciones.

En otras palabras, la influencia de la cultura dominante hacia el travestismo tiene consecuencias diferentes a las que origina en los homosexuales no travestis y, por tanto, el tipo de relaciones estructurales que generan los travestis es distinta a la creada por el resto de los homosexuales. Por lo demás no me siento capacitado para explicar un tipo de realidad tan poco investigada tanto a nivel nacional como internacional.

Uno de los mitos que es asumido con fuerza es que los homosexuales debiéramos ser afeminados y que debemos copiar los roles que el patriarcado ha asignado a las mujeres.

Las consecuencias de asumir estos pensamientos, dañan profundamente las relaciones entre los homosexuales porque se traslada mecánicamente la desigualdad de la relación de pareja heterosexual.

De ahí, que todos los gays en los inicios de nuestra identidad sexual asumamos las concepciones dominantes de la Iglesia, el Estado, las ciencias, y la política.

En este contexto se produce un proceso de naturalización y de familiarización con el pensamiento institucional que “obliga” a los homosexuales a auto-concebirse como seres humanos inferiores o enfermos. Es decir, lo que es normal para lo hegemónico, pasa a ser lo natural para esta minoría.

Se produce, entonces, una auto-negación que muchas veces genera un quiebre entre nuestras emociones y conocimientos.

Así, es como vemos que muchos gays saben que la penalización de la sodomía sanciona su orientación sexual, pero esto no es asumido como una transgresión de su integridad y sus derechos humanos sociales y políticos.

Lo mismo ocurre con la idea que supone que un homosexual se identifica y se relaciona a partir de los mismos códigos y formas que lo hacen las muje res. De esto se desprende que muchos homosexuales no generan una nueva masculinidad sino que una “nueva femeneidad”.

Sin embargo, esta “femeneidad” es impuesta por la cultura dominante, pues los homosexuales son hombres y al asumir los roles de las mujeres están desvirtuando su naturaleza biológica y sicológica.

Los efectos de esto se aprecian en las diversas relaciones entre los gays.

En el ámbito afectivo-sexual, predomina la idea de que existe un sólo tipo de relación amoroso erótica. Es decir, la que ocurre entre un hombre y una mujer. Así, uno de los homosexuales de una determinada pareja, se ve impulsado a actuar como se supone que debe hacerlo una mujer. Uno será pasivo y el otro activo en la relación sexual y estos roles no pueden intercambiarse, pues se produciría un desorden estructural en la relación.

Esta realidad copia a tal extremo la cultura dominante que el pasivo, al igual que la mujer en la sociedad, pasa a tener un menor rango cultural y social que el activo. Frases como “ese es pasivo” son repetidas con menosprecio constantemente al interior de la comunidad gay. Y es que el pasivo, que pasa a denominarse “la pasiva”, es visto como menos hombre, como más maricón.

El activo, en cambio, es deseado y valorado pues este es visto como el que más se acerca al rol de un “verdadero hombre”. Él no es afeminado, es más, habla fuerte, y asume que el pasivo es de su propiedad.

Vemos, por tanto, que toda la discriminación que padecen las mujeres, es sufrida por quien es pasivo y todos los beneficios de los hombres heterosexuales son propias del activo que, en el caso de parejas que viven juntas, será el macho proveedor.

Lo mismo ocurre con la idea del matrimonio. En diversos países los homosexuales consideran que deben luchar por el derecho a casarse.

El problema es que el matrimonio es un tipo de institución hecha para los heterosexuales.Aunque hoy parece que ni ellos quieren seguir defendiéndola.

Hombres y mujeres se casan por la Iglesia y por el Civil. Como algunos homosexuales quieren reproducir la relación de pareja heterosexual y les falta la mujer, la inventan y uno de los hombres de la pareja asume su rol femenino en medio de casamientos simbólicos que para muchas persona son contraproducentes y patéticos.

Nace entonces el calificativo de “Loca”. Éste es un homosexual que es femenino a

propósito. Al respecto debo señalar que algunas veces se asume esta postura porque se cree que es más contestaria y alternativa.

Sin embargo, “La Loca” no es ni revolucionaria ni original porque reproduce lo que la cultura dominante cree que es un homosexual y porque copia los roles que la sociedad ha constatado como propio de las mujeres.

Lo paradójico es que al mismo tiempo que los homosexuales naturalizamos el discurso oficial, permitimos que la discriminación, deje de basarse en mitos y se apoye en la realidad, pues “la loca”, y el homosexual afeminado existen y son presa fácil de la burla y de la ridiculización.

Sin embargo no debemos olvidar que la supuesta femeneidad homosexual (en hombres no travestis), a pesar de ser real, en la mayoría de los casos es una consecuencia del peso cultural que ha determinado una sola forma de vivir la homosexualidad.

Lo mismo ocurre con los derechos del sexo femenino. Vemos que existen mujeres machistas que asumen lo dominante y no sienten la discriminación, pero ser objeto de la apetencias masculinas no es en ningún caso algo intrínseco al ser mujer sino que ha sido impuesto y, consecuentemente, naturalizado por muchas integrantes del sexo femenino.

En suma, la masculinidad imperante en el mundo homosexual, ya sea en el nivel de la burla o la seriedad, no tiene nada de nuevo. El activo copia al hombre machista y el pasivo a la mujer sometida.

Con todo en los últimos años los homosexuales han ido entendiendo y sintiendo que amar a una persona del mismo sexo no significa que uno de los integrantes de la pareja deba transformarse en una mala copia de mujer.

De todas formas debo destacar que hasta en los homosexuales más conscientes respecto de su orientación aún persiste la idea de “la loca”, pero en un nivel intrascendente. Me refiero al nivel del chiste, de la burla y de la auto-ridiculización, pero con el objetivo de reír y no para vivir la homosexualidad a partir de lo femenino. La nueva masculinidad que ha ido gestándose es ampliamente alternativa, pues no ha sido una consecuencia del pensamiento institucional sino que ha nacido de las relaciones entre los homosexuales.

Tal asunción de una masculinidad innovadora implica un arduo proceso interno de reautoconcebirse.

A través de una educación, basada en discursos que explican mejor las realidades y que aislan los mitos y prejuicios, cada vez más homosexuales hemos ido abandonado las ideas del pecado, la culpa y la enfermedad.

Independizarse del pensamiento institucionalizado implica necesariamente asumirnos como personas normales y, por tanto, acordes con la naturaleza humana. Al ocurrir este proceso, que pasa por sentir, conocer y problematizar necesidades que antes estaban ocultas y sesgadas por lo ofici al, hoy reconocemos que para que exista amor entre los seres humanos no es necesario que deban ser de sexos opuestos.

Así, nuestra característica de una masculinidad homosexual independiente, es concebir que el amor y la afectividad entre dos hombres es posible. Una caricia, un beso es muestra de que lo masculino no tiene porque negar la expresión de su afecto a alguien del mismo sexo.

Esta nueva realidad es altamente revolucionaria, pues no posee puntos de referencias preexistentes ya que la afectividad entre dos hombres no es precisamente una característica de la cultura imperante.

Las nuevas relaciones sexuales-eróticas entre las parejas gays asumen que quienes interactuán son dos hombres y no uno solo. En este contexto, los calificativos de pasivos y activos, tal y cual están concebidos, no son más que conceptos absurdos e irreales.

En todo caso, nuestra masculinidad no implica que la afectividad entre personas del mismo sexo se limite a lo sexual. De ahí la importancia de “nuestra masculinidad”, pues demuestra que las relaciones igualitarias entre los seres humanos es posible, independientemente si ocurre entre hombres o entre un hombre y una mujer.

Estas formas de concebir lo masculino, tienen innumerables consecuencias. Al respecto quiero destacar su influencia en el concepto de familia y de lo estético.

Hasta el momento impera un solo modelo de familia: Esposa, esposo e hijos, aunque con el tiempo algunos hombres y mujeres amantes de la igualdad y la justicia han rescatado la idea de que una familia puede ser un tío y un sobrino, por ejemplo.

Sin embargo, respecto a los homosexuales queremos llegar más lejos, pues aseveramos que dos hombres pueden constituir una familia, ya que pueden amarse y vivir durante largos períodos de tiempo como cualquier otro tipo de institución social.

En el caso de lo estético, los homosexuales aportamos una nueva sensualidad masculina que usa vestimentas, gestos, perfumes o cualquier otra ornamenta para lucir mejor.

Esta moda, que antes estaba restringida al sexo femenino, es utilizada por hombres homosexuales que no temen a las peluquerías ni a innovadoras sastrerías que propugnan colores vivos y llamativos.

La moda menos conservadora, traspasa a lo gay y llega a lo imperante.

Los hombres heterosexuales reciben consejos de diseñadores homosexuales para lucir mejor y los calzoncillos largos son cambiados por prendas tan minúsculas como los biquinis.

De todas formas, la nueva masculinidad homosexual es asumida por una minoría de los gays. Sin embargo, anheló que en el futuro estas ideas se expandan para hacer de las relaciones sociales entre los gays una realidad más sana, justa, igualitaria, solidaria y democrática. Sólo así, estaremos haciendo nuestro aporte para derribar los muros que separan a todas las minorías discriminadas, las cuales han terminado por ser la gran mayoría.

Tomado de: http://www.movilh.cl/ponencias/masculinidad.PDF

domingo, 14 de agosto de 2011

El Sistema Sexual Bipolar en el Origen de la Resistencia Sexual

(Fracmento de “Análisis antropológico de la transexualidad, entre la realidad cultural y la resistencia social” de Rosalía Rodríguez Alemán)

La resistencia social ante las personas transexuales se fundamenta, por tanto, en nuestra cultura, la cual está plenamente comprometida con la idea de la inmutabilidad del par hombre-pene-masculinidad y mujer-vagina-feminidad. Tal concepción se levanta sobre la consideración del sexo, y por ende, del género como algo natural, y a su vez esta consideración nace y se sostiene por el patriarcado, una concepción del mundo, de la sociedad y de las relaciones humanas nacida en la Roma Antigua y perpetuada hasta la actualidad.

"El patriarcado es un orden de poder, un modo de dominación cuyo paradigma es el hombre. Y está basado en la supremacía de los hombres y los masculino, sobre la infravaloración de las mujeres y lo femenino", tal y como afirma Lagarde (1994, p. 397).

En este orden, un modelo determinado de hombre (blanco, rico, heterosexual, etc.) se ubica en el centro y establece (en muchos aspectos de la vida, desde la sexualidad hasta lo político, pasando por lo económico, lo religioso, etc.) relaciones de dominación y opresión sobre otros hombres y sobre todas las mujeres.

De ello se deriva un orden social asimétrico, etnocéntrico, clasista, misógino, homófobo, transfóbico, etc. Esto es, toda persona que se aleje del modelo androcéntrico (ideal) es sujeto de discriminación, de inferiorización, de infravaloración y así lo son, mayoritariamente, las mujeres, las personas de otras etnias, los/as pobres, los/as homosexuales, los/as transexuales. Por supuesto, este orden genera en las personas "diferentes", y especialmente en el caso de las personas transexuales además de exclusión, dolor y/o angustia.

Así, estas personas viven como un problema personal un problema que es realmente cultural y social. La construcción sexual-genérica de la realidad hace que el lenguaje niegue otras posibilidades, el Estado y el sistema legal perpetúen el sistema y la medicina se preste a "arreglar" las disfunciones......

…… y en general, el resto de la sociedad es incapaz de deshacer la confusión entre la homosexualidad, el travestismo o la transexualidad, tratando todas estas expresiones humanas como si fueran una misma cosa y etiquetando a los hombres que participan de ellas de "maricas", mientras las mujeres, mayoritariamente, optan por su autoinvisibilización.

De la ignorancia y de los estereotipos que rodean a la transexualidad surge en la sociedad la transfobia, un sentimiento irracional y sin justificación hacia a las personas transexuales, que se expresa en forma de rechazo, desprecio o agresión……

…… Las bases del patriarcado inspirador de tal odio se han ido erosionando debido a la presión de distintos movimientos sociales que han cuestionado el supuesto modelo “natural” bipolar y los comportamientos, actitudes, temores, etc., que genera, a la par que han ido reclamando una identidad propia, el respeto de la misma y de los derechos que les corresponden.

Siguiendo una secuencia temporal, encontramos entre estos movimientos transgresores del mandato de género a: el feminismo, iniciado como tal en el siglo XIX y reforzado en la década de los setenta; el movimiento homosexual emergente en los setenta; y el movimiento transexual, visualizado como tal a finales de los setenta.

El movimiento feminista es uno de los pioneros en la transgresión de género, pues al tratar de romper con la subordinación femenina, cuestionando la feminidad tradicional y sus opresiones, ha subvertido un orden social que parecía, por su vigencia en el tiempo, inmutable, desestabilizando la misma polaridad del sistema de género.

"Este siglo (pasado) ha presenciado, entre confuso y orgulloso, la aparición de las mujeres en escenarios que antes tenían nombre masculino. También los hombres se han asomado tímidamente a los lugares donde las mujeres han creado sus reinos desde tiempo inmemoriales. Transgrediendo límites que parecían perpetuos, se ha puesto al descubierto que los papeles definidos para las mujeres y para los hombres son modificables. Abriendo así un inmenso territorio para la libertad y el deseo" (Hess y Caro, 1995, p. 7).

La organización y las reivindicaciones de gays y lesbianas llegaron como una nueva transgresión, esta vez hacia una sexualidad impuesta y encorsetada, que ha posibilitado el reconocimiento de distintas orientaciones o preferencias sexuales. Un duro golpe a esa "virilidad" asfixiante de la que alardea el orden androcéntrico.

La organización y las reivindicaciones de los/as transexuales permite visualizar distintas identidades sexuales o de género, lo cual supone una de las transgresiones más difíciles de encajar por el orden patriarcal, porque el que una mujer biológica opte por ser hombre es aceptable de alguna manera en tanto que parece que se decanta hacia el modelo valorizado por la sociedad, pero el que un hombre biológico se convierta en mujer, esto es, opte por características y cualidades asociadas a lo femenino, que es infravalorado socialmente, es considerado una terrible desviación. Y es, sin embargo, la respuesta más subversiva ante el orden binario impuesto por la cultura.

La sociedad, que no ha reflexionado sobre los Kmites que impone la masculinidad y la feminidad, confunde la identidad genérica con la identidad de la humanidad, y reacciona con un discurso catastrofista, hablando en términos de crisis de la moral, de las costumbres, etc. La historia de la humanidad es la historia de las instituciones sociales (familia, gobierno, etc.) y de sus cambios, promovidos por movimientos sociales que experimentaban algún tipo de opresión y no por ello, la sociedad ha estado o está en crisis.

Estos movimientos y las personas feministas, gays, lesbianas y transexuales reivindican distintas formas de "ser mujer" y de "ser hombre", frente a la concepción androcéntrica dominante opresiva, verificando —tal y como se apuntó anteriormente— que la genitalidad no es destino.


Tomado de: “Anuario de filosofía, psicología y Sociología de la Universidad de las Palmas de Gran Canaria”

viernes, 12 de agosto de 2011

Filosofía de la Transexualidad

(Fracmento del Manual “Transexologia o Intertransexologia de Kim Perez)

Puede parecer excesivo plantear la filosofía que se va a seguir en un sencillo manual, pero precisamente por ser manual, este libro tiene un carácter práctico, y todo lo práctico requiere una filosofía que lo sostenga y lo vea convertido en una ética. Muchas veces esas filosofías son implícitas, por sabidas, o por ser las dominantes en un momento, pero la cuestión de la transexualidad es tan audaz que requiere que se explicite la filosofía que sigo.

Los humanos nacemos sujetos a dos clases de leyes que están más allá de las humanas: las verdaderamente morales y las naturales.

Las verdaderamente morales son pocas, pero obligan íntimamente a cualquiera: por ejemplo, la vida humana debe ser racional, porque somos racionales; o los humanos debemos vivir libres, porque somos libres. (Está claro que hay pretendidas leyes morales que son irracionales y por tanto no deben ser respetadas).

Las naturales nos sujetan, pero no nos obligan. De hecho, la historia humana es un continuo ejercicio de soberanía sobre las leyes naturales, hasta el punto de que se puede enunciar una ley moral que es la de que la conducta humana debe sobreponerse libremente a la naturaleza, respetando la racionalidad y la responsabilidad.

Lo hacemos, por ejemplo, al curar las enfermedades, hechos naturales que nos sujetan y de los que debemos liberarnos.

Tengo que ser más explícita, por sus consecuencias morales sobre nosotros, al criticar la filosofía escolástica que la Iglesia Católica ha hecho cuasi oficial. En esta filosofía, el término "ley natural" que yo entiendo como "ley racional" significa "respeto a las leyes de la naturaleza", a la que se diviniza entendiéndola como manifestación visible de la voluntad de Dios.

Pero si fuera así, la naturaleza sería moralmente intocable y el hombre no debería transformarla ni en un ápice para atender a sus necesidades, como ha venido haciendo a lo largo de toda su historia.

Tampoco se entenderían las multiformes calamidades naturales, ajenas al hombre, o a la voluntad humana, que contradicen el orden natural al perturbarlo o destruirlo. Si es voluntad de Dios que exista, ¿debe entenderse que la voluntad de Dios lo contradiga y que por tanto Dios se contradice continuamente a sí mismo?

Hace falta también constatar que el respeto moral a la ley natural sería el respeto a un orden hecho de colmillos, garras y cuernos que, cuando se ha querido respetar tal cual, ha conducido lógicamente a una moral del poder y la imposición, próxima a Nietzsche y a us peores derivaciones.

No; los hechos naturales son sólo hechos, no prescripciones morales. No hay una moral de la natura y la contra natura. La única moral es la de que existe la razón, que tenemos uso de razón, y que debemos usarla para atender racionalmente a nuestras necesidades.

Si una persona es homosexual, eso no es bueno ni malo; es. Pasa lo mismo si es disfórica. Ante los hechos, el ser humano debe actuar racionalmente para ponerlos a su servicio. Si la homosexualidad o la disforia fueran reversibles, probablemente muchos elegirían su reversión, dadas las dificultades o imposibilidades que tenemos que sufrir en otros hechos tan sensibles como la procreación, por ejemplo.

Pero si no son reversibles, hace falta aceptarlas como hechos y ponerlas en lo posible al servicio de los seres humanos que somos.

Aunque hay otra dimensión: los homosexuales a menudo se sienten orgullosos de su manera de sentir y de amar y las personas disfóricas de su identidad, hasta el punto, por nuestra parte al menos, de afirmar la paradoja de que "si volviera a nacer querría ser transexual", y no hombre ni mujer.

Esto se debe a la conciencia de la singularidad de nuestra experiencia, que es la de la transición y al orgullo del desafío a los convencionalismos y a los límites que otros creen que son propios de la condición humana.

Eso equivale a afirmar que la condición humana no tiene límites naturales, pero sí limites morales, que sin embargo son enaltecedores, puesto que a lo que nos obligan precisamente es a superar nuestras condiciones y limitaciones.

En ese sentido, la transexualidad es un ejercicio de soberanía razonada sobre la naturaleza en un terreno que los no transexuales tienden a creer irreversible, una limitación natural que convierten en fundamental y por tanto no sólo es buena sino que es excelente como emblema de la condición humana que es dominio sobre la naturaleza y ejercicio racional de este dominio.

Las personas transexuales somos socialmente un ejemplo límite de soberanía sobre un hecho natural que todas las demás creen indiscutible porque se acomodan bien a él, que es la sexuación. Nosotros situamos la sexuación como uno más de los hechos naturales que pueden ser transformados racional y responsablemente.

No hay que preocuparse por las consecuencias naturales del hecho transexual. La inmensa mayoría de las personas no son disfóricas y prefieren con naturalidad seguir en

su sexo de nacimiento. Pero si alguna persona es disfórica, está señalando a las demás los límites del sistema sexogénero y las demás deben respetar que ella esté fuera.

Por tanto, no es que pretendamos que todos sean transexuales, pero sí ejercemos, antes de todo reconocimiento público, el derecho a serlo, que es racional cuando se dan determinadas condiciones de hecho. En cuanto a nuestra responsabilidad, la ejercemos mediante la apelación a la racionalidad de nuestra conducta.

Terminaré exponiendo que este criterio es precisamente el del Génesis. Los humanos tenemos el derecho de comer de todos los árboles y sólo una obligación: no comer del árbol del bien y del mal, o no pretender decidir por nosotros mismos lo que está bien y lo que está mal. Por ejemplo, no podemos decretar sobre la racionalidad que sea mala.

Tampoco podemos decidir que la libertad sea mala y la falta de libertad sea buena. Todo eso nos haría "como dioses" y no somos dioses.

Pero se nos ha entregado la soberanía sobre toda la naturaleza y eso es parte de lo que está bien para nosotros. Y con esta soberanía limitada por el bien y el mal, la responsabilidad moral sobre lo que hagamos con ella. Y la sexuación, como la vegetación, o los planetas, no son realidades divinas, sobrehumanas, sino naturales, sometidas a la racionalidad humana.

TOMADO DE: http://transexologia.blogspot.com/2007/10/nueva-redaccin-de-filosofa-de-la.html


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