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sábado, 15 de octubre de 2011

Masculinidad hegemónica, misoginia y homofobia

La cultura occidental, patriarcal y heterosexista, ha impuesto un tipo de masculinidad hegemónica con carácter normativo, pero que tiene un carácter misógino y homofóbico. En este contexto, la asociación entre masculinidad y violencia es socioculturalmente significativa.

La identidad de género no tiene la consistencia que se cree ni se deriva inequívocamente de una anatomía específica. La anatomía y el sexo no existen de manera independiente a un marco cultural que les de sentido. Tanto las masculinidades como las feminidades son prácticas sociales que se forman en la interacción entre lo biológico, lo sociocultural y lo psicológico.
El género es un constructo social, histórico, y por tanto sujeto a reformas. Es una forma cultural de configurar el cuerpo. No es un sustantivo sino un hacer, un performance continuo. “Soy alguien que no puede ser sin un hacer”(Butler,2006:16). El género es una compleja puesta en escena de auto-representación y auto-definición. La masculinidad se ha construido sobre la base de la diferenciación y negación de los otros; especialmente de mujeres y gays. La masculinidad se asocia a la potencia, el control y el dominio y la feminidad se relaciona exclusivamente con la fragilidad, debilidad y pasividad, con el consiguiente rechazo. El plano simbólico y el orden del lenguaje se estructuran jerárquicamente y se hacen vehículos de imágenes y representaciones que no son nada neutrales.

El orden falocéntrico marca el inconsciente colectivo. La masculinidad es una identidad endeble que se sustenta en la negación o en la agresión de otras identificaciones u opciones. es una frase que los adolescentes escuchan y repiten sin cesar. El sexo anal es el tabú sexual por antonomasia (Buxán,2006).

(…)A partir del momento en que las relaciones sexuales son entendidas como una forma de dominación y de poder de la parte activa -masculina- sobre la parte pasiva -femenina-.la peor humillación que un hombre puede sufrir, según la visión hegemónica de la masculinidad, es la que consiste en ser tratado como una mujer, es decir, ser poseído(…)(G.Cortés en Buxán,Xosé,2006:110).

Las identidades masculinas se han construido sobre tres bases: el individualismo, la misoginia y la homofobia (Badinter,1993,citado por Guasch,2006:100). En la construcción de la masculinidad hegemónica, el sexismo y la homofobia se interrelacionan. Al marico se le identifica con la mujer. La féminas y los homosexuales conforman la otredad inferior. De esta manera, la homofobia condiciona todas las formas de ser hombre en las sociedades occidentales. Se manifiesta como aversión, miedo u odio de distintos grados a la homosexualidad, sus protagonistas, estilo de vida y cultura.

La homofobia es una estrategia social para indicar las fronteras de género y establece sanciones a quienes no se adecuan al modelo prescrito. Entre heterosexuales y homosexuales masculinos, el marico y la loca, respectivamente, son estigmatizados como aquellos que incumplen dentro del grupo–según ellos- los estándares de masculinidad deseables.

En el proceso de socialización muchos gays internalizan los prejuicios que los straigth tienen de ellos. Esta asimilación de los prejuicios societales en contra de su grupo genera baja autoestima, repudio hacia sí mismo e inclusive odio hacia otros homosexuales. Es el caso típico del Ministro que perseguía implacablemente a los homosexuales en Cuba, relatado por Ernesto Cardenal en su libro En Cuba, que también era gay. O el del acosador escolar de Justine en Queer as Folk, que lo hostiga por su homosexualidad, siendo el mismo homosexual. No es raro que cualquier gay tenga un relato al respecto.

En la vida cotidiana, más allá de criterios estéticos y de estilos plenamente válidos, el rechazo visceral que algunos gays “modernos” sienten hacia “la loca” u otredad endogámica, evidencia el fenómeno aludido. “La loca” siempre es el otro, la “fuerte” en sus gestos, actitudes y verbalizaciones. Las “plumas” son indicios indeseables bajo los cuales se opera la reproducción de la exclusión en el seno del grupo. En otros casos se trata de individuos que debido a la represión sexual, ora apagaron intencionalmente su homosexualidad, ora desarrollan una doble vida y sienten un profundo resentimiento y rabia hacia aquellos que ejercen su libertad a pesar del contexto.

A mi manera de ver las cosas, la homofobia sería aceptable como término, en la medida que se le relaciona con otros fenómenos tales como la xenofobia, es decir, si se le define dentro de parámetros socioculturales y no clínicos, lugar desde donde debe desplazarse la discusión. Las representaciones sociales heterosexistas -traducidas en normas, leyes, conductas, actitudes, categorías- son las que efectivamente segregan por la orientación afectiva-sexual. Sin este traslado en la tópica de la reflexión, corremos el riesgo de etiquetar a los otros de enfermos. Como la mayoría de los fenómenos sociales, la homofobia tiene una etiología y manifestación multicausal, pero al menos hemos de evitar que prime la dimensión psiquiátrica y darle una tonalidad en donde predomine el aspecto psicosocial. De hecho, los estereotipos y los prejuicios conforman las representaciones sociales homófobas. Estas últimas surgen y suelen sostenerse a través de los mismos mecanismos del etnocentrismo occidental.
Las mayorías aplican consciente e inconscientemente estereotipos negativos a las minorías, para justificar y legitimar ciertas actitudes, creencias y conductas opresivas. Los prejuicios justifican y racionalizan ciertas posiciones privilegiadas y se refuerzan con casos aislados que se extrapolan a toda la minoría. Las diferencias son concebidas de manera simplista y exagerada.

Muchos autores plantean que la categoría misma de homosexual es un tipo de estereotipo: el estigma. En este caso funciona como un rótulo de diferencia que desacredita e imposibilita la plena aceptación social y que es harto suficiente para conocer cómo es una persona. Es como si bastara que nos dijesen que alguien es heterosexual para conocerlo. El estigma es un símbolo, un atisbo para conocer la identidad de un sujeto y puede ser físico, caracterológico o tribal (Maroto,2006). Goffman (1963) relaciona la identidad estigmatizada con la identidad deteriorada. En rigor, lo único que comparten las personas homosexuales es la atracción hacia personas del mismo sexo, porque, de resto, pertenecen a clases sociales distintas, tienen diferentes niveles educativos, culturales, valores, ideologías, caracteres, y estrategias variopintas para desempeñarse en una sociedad heterocentrada.
En un nivel más sociológico que psicosocial, podemos decir que para establecer y estabilizar una diferencia y constituir una distinción con éxito, debe contarse con un posición de poder:

(…)

Cabe acotar aquí que en la sociedad también encontramos grupos e individuos con actitudes positivas hacia la homosexualidad que se manifiestan en distintos grados como el apoyo explícito a los derechos de lesbianas y gays, la admiración de sus fortalezas, la valoración de la diversidad sexual y la ayuda participativa como aliados o activistas. En cuanto a la homofobia, se establecen los siguientes niveles:

1. REPULSIÓN. La homosexualidad es vista como un .Las lesbianas y los gays son enfermos, locos, inmorales, pecaminosos, malvados,etc. Todo se justifica para cambiarlos: la prisión, la hospitalización, las terapias aversivas, los electroshocks,etcétera.

2. LÁSTIMA. Chauvinismo heterosexual. La heterosexualidad es más madura y desde luego preferible. Toda posibilidad de debería ser reforzada, y sentir lástima por aquellos que parecen haber nacido . .

3. TOLERANCIA. La homosexualidad es simplemente una fase del desarrollo por la que pasa mucha gente en la y la mayoría .Por lo tanto, los gays y las lesbianas son menos maduros que los heterosexuales y se los debería tratar con la misma indulgencia y protección que se usa con los niños.

4. ACEPTACIÓN. Aún implica algo que necesita ser aceptado. Se caracteriza por afirmaciones como .. <¡No tengo problemas con eso, mientras no hagas alarde de ello¡>.(Maroto,2006:65).

Este último nivel es común porque la homosexualidad ha estado sometida a la estrategia del silenciamiento y el secreto. Aplicar la sordina en este campo dice mucho. Algunos gays y lesbianas despliegan comportamientos diferentes de acuerdo al grado de homofilia u homofobia que crean percibir en los distintos entornos sociales. A una manera análoga al Zelig de Woddy Allen, se mostrarán asexuados, heterosexuales u homosexuales, según las circunstancias. Si en la fila del cine puede parecer adecuarse al estereotipo masculino, entre grupos de pares puede actuar como una . El cambio puede reflejarse en la misma voz.

La homofobia depende del género; es interclasista y adquiere las modalidades de la discriminación social externa, la autocensura y la violencia física y simbólica. La homofobia genera violencia de género, que en la infancia y en la adolescencia toma la forma corriente de insulto. El encarcelamiento, la tortura, la lapidación, el asesinato y el maltrato son modalidades de represión aplicados a los homosexuales según el contexto sociocultural que se trate. Para escapar a las presiones sociales, los varones que entienden disponen de diversas estrategias, entre las que se ha encontrado la emigración a las megalópolis. Paradójicamente, la homofobia no solo interpela a los gays sino a todos los varones con la sutil amenaza de degradarlos a maricos o a un estatus equivalente.

En el plano lingüístico se observa un sinnúmero de ejemplos del tema que nos ocupa y que se basan en el poder generativo del lenguaje, en su capacidad de empoderar, desempoderar, sanar, herir o difamar. Además de la mirada que pretende infravalorar, una palabra puede estigmatizar y sugerir que los homosexuales son anormales o raros. El insulto establece una relación de asimetría y puede permitir transmutar a los otros en meros objetos. Asimismo, el silencio puede poseer una intención benévola o degradante. (Maroto,2006).

La ideología cultural heteronormativa se plasma en normas y reglas institucionales que le otorgan ventajas a las relaciones heterosexuales por sobre las homosexuales, consideradas menos morales o peores. En la misma Unión Europea el informe Voogd distingue tres tipos de países en lo que se refiere a la discriminación legal de gays y lesbianas. Así como establezco una distancia crítica en relación al término homofobia, también lo hago con respecto a sus taxonomías, con lo cuales podemos correr el riesgo de ver homofobia donde operan otras determinaciones.

La homofobia precedió y persistió al nazismo, cuyo régimen no la creó pero si la llevó a un espeluznante paroxismo. De hecho, la homosexualidad se castigará tanto en Alemania como en Europa y EEUU, tres décadas después de la segunda guerra mundial. Empero, el nazismo como otros totalitarismos de izquierda, constituyeron experiencias extremas del fenómeno en cuestión. La dictadura alemana se proponía eliminar o segregar físicamente a los individuos considerados débiles y dañinos, sobre la base de un biologicismo racista que parte de la tesis de la infección o contagio (Pasteur y Koch). La Oficina Especial (IIs), un subdepartamento ejecutivo II de la Gestapo, fue creada para combatir el aborto y la homosexualidad. Esta última era considerada un vicio que merecía la encarcelación en pro de la , pero si esta no se producía eran deportados a los lagers, en donde tuvieron los índices de supervivencia más bajos. La biopolítica fascista necesitaba abundante mano de obra para trabajar en la industria competitiva alemana y para alistarse en la guerra.
(…)Lo peor de la homosexualidad para nazis como Himmler, no es que disminuyera el número de nacimientos, hecho grave en sí, sino que los homosexuales eran cobardes y mentirosos: lo primero por afeminados, lo segundo por debilidad de carácter. Es decir incapaces de soportar las presiones y la lucha, y por lo tanto inútiles para servir en el ejército o asumir cargos que implicaran actividades de complicidad…
Esto choca con la tradición imperante en el mundo antiguo, que más bien pensaba lo contrario, es decir, que eran modelos de virilidad y cumplimiento de los deberes cívicos(…)(Ugarte en Buxán, X:70).

Los totalitarismos de distintos signos han sido implacables con la homosexualidad. Democracia no es sólo igualdad de oportunidades, democracia es también aceptación de las diferencias, es decir, pluralismo, étnico, cultural, sexual. Para Hitler los homosexuales éramos subhumanos y nos ponía a hacer fila con los judíos en las puertas de los hornos de cremación. . Fidel Castro nos persiguió sin piedad, tal como confiesa “autocríticamente” Ernesto Cardenal, en su texto “En Cuba”.

El grado de cumplimiento de la masculinidad está relacionado hondamente en la cultura occidental con el binomio activo/pasivo. En principio se definen cuatro tipos masculinos en función de la normatividad de género: el anciano, el héroe, el efebo y el afeminado (y sus variantes). Este modelo jerárquico de masculinidad está presente en la Grecia Clásica y en el Renacimiento. En este sentido, el sexo anal evoca para el receptor, pasividad y sumisión. Sin embargo, los códigos sociales pueden definir situaciones ocasionales y excepcionales, en las cuales penetrar maricos, confirma a los hombres de verdad que realmente lo son.

En estos términos, la masculinidad es un estatus adquirido, frágil, que puede perderse. Es teatral y mítica y como tal debe relatarse. Por eso, los hombres invierten tantas energías en demostrar que la . Sin embargo, el sujeto se encuentra en una posición inestable, como efecto de las constantes renegociaciones de su identidad. Esta última es percibida dentro del conjunto de opciones preestablecidas en la red cultural de discursos.

A medida que avanzan los movimientos feministas y gays en sus reivindicaciones, los hombres portadores de los valores de la masculinidad hegemónica se sienten más vulnerables e inseguros, lo cual crea temor y mayor animadversión. No se desea compartir las tradicionalmente privilegiadas cuotas de poder, ni ser confundidos con ellos.

(Tomado de “La homofobia: heterosexismo, masculinidad hegemónica y eclosión de la diversidad sexual”, de Carlos Colina)

jueves, 6 de octubre de 2011

El club de la lucha: subculturas gays y cultura heterosexual

Hace unos meses tuve la ocasión de ver en el cine la última película de david fichner “el club de la lucha” basada en una novela corta del escritorgeneración x chuck pallanuck. La morbida fascinación que sobre mí ejerció el filme me causo no poca incomodidad ya que se trata de una historia netamente yanki con mas de un toque de violencia gratuita, machismo y efectismo. Creo que parte del misterio de “el club de la lucha” está en como a pesar de ser una historia formalmente heterosexual incorpora a su ambivalente filosofía y a su iconografía turbia algunos elementos que las subculturas gays sadomasoquistas llevan mucho tiempo desarrollando. Norton y su alter ego pitt luchan con el torso desnudo en sótanos urbanos “sólo para hombres” donde escenifican esa violencia que un trabajo gris y sumiso de oficinistas frustrados y yuppies sin éxito crea en sus cuerpos. Otros hombres, que no han encontrado solución a sus problemas en los grupos de autoayuda, encuentran esa liberación catárquica a través de la lucha cuerpo a cuerpo y los rituales de la violencia. La violencia y el placer se descubren estrechamente unidos incluso entre estos hombres que parecen querer reafirmar su masculinidad y su atavismo en ambitos mucho mas sucios que los más convencionales gimnasios para ejecutivos.

El filósofo francés michel foucault escribió poco antes de morir de sida varios artículos y entrevistas relacionadas con sus experiencias en clubes de sadomasoquismo de san francisco. Para foucault el descubrimiento del placer a través de las relaciones de poder y dolor físico supuso una importante revelación sobre la que no pudo resistirse a hablar y escribir, a pesar de no ser muy aficionado a las declaraciones en primera persona sobre su sexualidad. Discípulos y discipulas aventajados/as del filósofo como leo bersani, jeffrey weeks o gayle rubin han ido aún más lejos al desmadejar, reafirmar y poner en cuestión los desafíos teóricos planteados por éste a raíz de sus viajes sexuales a las subculturas del cuero estadounidenses. La idea del sexo sadomasoquista como un teatro de las relaciones de poder existentes en la sociedad moderna puede resultar algo simplista pero sin duda gran parte de la fascinación y el rechazo (¿temor? ¿aversión?) Que produce una subcultura como el s/m tiene su origen en esa puesta en evidencia a través de la sexualidad de como todas las relaciones humanas tienen algo juego erotizado presidido por la dominación, el control, el intercambio de roles, el castigo y la humillación.

Las guerras del sexo de los ochenta entre feministas lesbianas y lesbianas sadomasoquistas tuvieron como objeto el carácter sexista de este tipo de relaciones y hasta que punto eran el reflejo fiel o el cuestionamiento radical del orden patriarcal vigente. Unas sostenian que el sexo sadomasoquista exalta la violencia machista a través de la ritualización de las relaciones de poder otras negaban esto y subrayaban en cambio el poder liberador, deconstructor y sexualmente positivo presente en las relaciones sexuales de dominación mutuamente consentidas. Leo bersani en su libro “homos” [1] trata de desmitificar este poder subversivo que se ha otorgado a las relaciones sadomasoquistas explicando como en última instancia revelan bastante fascinación por esa violencia y esos juegos de poder que se dice cuestionar de la que nos gustaría reconocer. Han sido los movimientos gays y feministas los que más han reflexionado sobre las sexualidades periféricas (aquellas que diferentes instancias sitúan fuera del ámbito de “la respetanbilidad”), tal vez porque desde el principio hemos tenido claro el carácter construido (artificial) de toda normalidad sexual. Sobre las sexualidades sadomasoquistas (y escribo sexualidades porque pienso que son infinitas) pesan el mismo tipo de condenas que en su día pesaron sobre el sexo gay y lesbiano. Aparece la idea de enfermedad, corrupción y ceranía a lo criminal unidas a la afirmación de que se trata de prácticas minoritarias, no reproductivas y que niegan la relación directa entre la masculinidad y el control sexual y la feminidad y la sumisión erótica. También, y esto ha sido considerado por muchos teóricos de la sexualidad como una importante aportación positiva e innovadora del sexo leather, se emplean partes del cuerpo que no están orientadas a lo genital como centros de deseo.

Foucault, en una entrevista concedida a “body politic”[2] señalaba como los placeres originados por el s/m pueden tener su origen en “objetos muy extraños, utilizando partes inusitadas de nuestro cuerpo, en situaciones muy inhabituales”. Apuntaba además como se ha creado una subcultura a partir del sexo sadomasoquista y esto ha sucedido porque las relaciones de dominación puerden dar lugar a una identidad diferenciada. Los que siguen negando a la homosexualidad o el lesbianismo esa capacidad vertebar una identidad se mostraran todavía más excépticos con respecto a esta afirmación. En esta misma entrevista foucault apunta agudamente como en el sexo entre heterosexuales las relaciones estratégicas (juegos de poder) preceden al acto sexual mientras que en las relaciones sadomasoquistas las relaciones sociales de poder se incorporan al juego sexual mismo. Los chicos y las chicas jóvenes en las discotecas escenifican estas relaciones de dominación para el cortejo y la conquista, estos juegos estratégicos que tienen como fin último el sexo. Las relaciones sociales preceden al sexo, mientras que en el sexo sadomasoquista las relaciones sociales de poder forman parte integrante del intercambio erótico. Resulta curiosa la elisión de la homosexualidad en esta oposición teórica entre heterosexualidad y s/m. Foucault asimila así el sexo sadomasoquista al sexo gay como pertenecientes al ambito de lo contracultural. Tal vez foucault empleó o quiso emplear el término original inglés “straight” (heterosexual, normal, (cor)recto) que resulta mas claramente opositivo a la cultura “cuir” como una parte de la subcultura “queer” (torcida, rara, diferente).

El reflejo de las subculturas gays en el imaginario heterosexual no sólo se ha producido a patir de las subculturas del cuero. La moda de los varones adolescentes heterosexuales ha incorporado progresivamente algunos elementos que años atrás eran casi exclusivos de la estética gay (pendientes, anillos, peinados). Al pasar de lo gay a lo hetero lo subcultural deviene en cultura, o cuando menos en moda, siendo despojado de parte de su malditismo e introduciendose a través de la línea despolitizada del consumo fetichista o el culto a la imagen. En el caso del sexo sadomasoquista la imaginería no ha sido nunca exclusivamente gay. Los látigos, las fustas y las esposas se encuentran ya en los relatos hetero o bisexuales de sade o sacher-mascoch sin embargo sólo en el mundo gay han dado lugar a una subcultura diferenciada que ha ido reclamado espacios propios en el espacio urbano. Esto ha sido particularmente llamativo en las grandes ciudades donde el guetto sadomasoquista forma parte del guetto gay. La escasa comprensión que los sectores mas conservadores de la comunidad gay hacia la subcultura sadomasoquista así como el rechazo, algo más comprensible, de algunas corrientes del feminismo son en parte responsables de que muchos gays y lesbianas sadomasoquistas hayan acabado anteponiendo su identidad sadomasoquista a su identidad gay o lesbiana. En su artículo “la ciudad del deseo: su anatomía y destino”[3], pat califia, una de las mas importantes y lúcidas representantes de las lesbianas sadomasoquistas, explica como muchos gays han llegado a aliarse con los conservadores y las fuerzas estatales a la hora de garantizar la respetabilidad del ambiente gay “ortodoxo” frente a la amenaza de otras subculturas como el sadomasoquismo o el sexo intergeneracional, manteniendo estas al margen de sus locales y zonas de encuentro. Califia llega a insinuar que en algunos de estos espacios es más fácil encontrar alianzas entre gays y heteros sadomasoquistas que entre gays que practican sexo “normal” y gays que practican sexo leather. Aún así me parece aventurado afirmar que un gay sadomasoquista como miembro de un grupo oprimido tiene más en común con un sadomasoquista heterosexual que con un gay que no practica ni comprende el sexo leather. No es causal que las primeras líneas de vertebración del sexo leather a través de locales, bares y grupos de autoayuda hayan aparecido en el seno de la comunidad gay y que otros sadomasoquistas hayan ido a la zaga en estos espacios. En ese mismo artículo califia aboga porque las minorías sexuales se muestren sin rubor en el espacio público para reclamar que sea el estado mismo el que atienda a sus necesidades de espacios de encuentro y relación. Estas demandas, leídas desde el estado español, nos demuestran( desde su lejanía e irrealidad) como a pesar de su puritanismo moral y de los avances de la nueva derecha religiosa, en los grandes núcleos urbanos estadounidenses se encuentran mucho más desarrolladas las subculturas del sexo y las políticas de género y la diferencia erótica.

Los espacios para gays y lesbianas, al menos en un primer momento, han sido más propicios para servir de caldo de cultivo a otras subculturas basadas en la diferencia sexual. El discurso “queer” se basa en la afirmación de la subjetividad de todos aquellos y aquellas que se sienten socialmente marginados por razón de su sexualidad. Esta es la gran aportación de lo queer a una comunidad gay más pluralista y un cuestionamiento implícito de los parámetros cada vez más conservadores del modelo gay anglosajón que se ha mostrado particularmente poco receptivo hacia otras subculturas por miedo a perder esa parcela conseguida de “respetabilidad social”. Las subculturas “cuir” como culturas de la diferencia (y de la resistencia) ocupan un lugar privilegiado en el imaginario “queer”. No son las únicas, desde luego, pero tienen un sitio importante como subculturas que se mueven entre la respetabilidad y la patologización-criminalizadora como la homosexualidad se ha movido (y se mueve todavía en algunos lugares y momentos) en el pasado. También la cultura heterosexual homofóbica ha intentado mostrar las culturas del s/m como inherenetes a la violencia y la “falta de amor” de ciertos ambientes gays re-creados en la literatura o el cine (las edades de lulu, amigo/amado, a la caza) los debates desarrollados sobre sadomasoquismo han ayudado a desechar estos mitos. Sin duda el modelo heterosexual presente de una pareja convencional sujeta a jerarquías inamovibles con respecto a quien toma la inciativa y quién juega invariablemente un rol dominante es mucho menos flexible e imaginativa que la reversibilidad de los papeles y la ruptura del modelo tradicional de coito que nos propone el sexo sadomasoquista. Esto nos lleva a la conclusión de que no sólo no existe una relación directa entre la crueldad y el s/m sino que la crueldad podría resultar finalmente más claramente vinculada (si nos atenemos a las noticias de asesinatos, malos tratos y violencia conyugal) a la cultura del matrimonio monógamo y a los ritos de la heterosexualidad compulsiva.

Por Eduardo Nabal


[1] “homos”. Leo bersani. Ed. El manantial. 2000

[2] michel foucault. “estética, ética y hermeneútica”. Foucault. Obras esenciales. Volumen iii. Paidós. Básica. 1999

[3] pat califia. “public sex. The culture of radical sex”. Cleis press, 1995.

martes, 20 de septiembre de 2011

Contribución a lo bisexual desde las teorías queer y feministas y la propia teoría bisexual

Por José Antonio Hernández Reyes

Empiezo hablando de los parecidos entre teoría queer y teoría bisexual y algunas limitaciones de la primera para comprender a la segunda, al mismo tiempo que contrapongo lo queer con el movimiento gay tradicional y hablo de las muchas aportaciones del feminismo lésbico al movimiento y teoría bisexuales para terminar de nuevo con las mejores aportaciones de lo queer a lo bisexual.

La teoría queer que emergió en los 90s plantea la ruptura de las díadas homosexual/heterosexual, hombre/mujer, masculino/femenina pero este rompimiento es visto de distinta manera por los diferentes activistas y teóricos queer.

Si en los inicios del movimiento gay, en la era que siguió a Stonewall, el movimiento gay invitaba a los heterosexuales a descubrir su lado homosexual, parte del movimiento queer actual invita a los gays y las lesbianas a descubrir su bisexualidad y transgeneridad aunque sin mencionarlas.

Nombrarse queer para varios gays y lesbianas significa no creer en una identidad fija y estable sino más bien fluida y fragmentada. Ya no podemos nombrarnos con una identidad que nos sujete, porque ésta puede cambiar y nunca va a poder decir todo lo que somos. Esto dentro de un marco posmoderno y de acuerdo con varios autores posmodernos que anuncian la muerte del sujeto.

Donna Haraway menciona las consecuencias políticas de este anuncio en un momento donde varios sujetos subordinados, mujeres, no blancos, la clase trabajadora empezaban a ser tomados en cuenta como sujetos. Para Haraway, lo posmoderno trata de celebrar y valorar las diferencias entre individuos que forman parte de una comunidad.

Judith Halberstam en un análisis sobre teoría queer y transgeneridad contrapone los puntos de vista de transexuales de mujer a hombre y mujeres traileras, en la que los primeros se describen como serios y que sufren en contraposición a las segundas que sólo están jugando con el género influidas por el activismo y la teoría queer. Así la transgeneridad (y yo pienso que la bisexualidad se encuentra en una posición similar) sólo es un juego que pueden llevar a cabo gays y lesbianas pero no en una identidad valida y diferente. Halberstam critica esta dicotomía mencionando que la subjetividad de las mujeres traileras al instalarse en un vacío hace sufrir pero que al mismo tiempo deslegitima con su presencia el pensamiento binario.

Algunos teóricos bisexuales como Elizabeth Daümer posicionan a la bisexualidad como transgresora, flexible, fluida, no fija, como contenedora de deseos homosexuales y heterosexuales que coexisten. Muy parecido a lo que plantea la teoría queer pero personificado en la (el) bisexual al desestabilizar los binarios de sexo y genero con la sola visibilidad de su subjetividad. Incluso una teórica Merl Storr sugiere que el surgimiento de una identidad bisexual más visible y validada por el Status Quo (aunque por supuesto no en un mismo nivel que la heterosexualidad y ni siquiera de la homosexualidad) es gracias al planteamiento de una ideología posmodernista (haciendo alusión al surgimiento del “homosexual” a la par que la ideología modernista). Paradójicamente esta perspectiva plantea a la identidad bisexual como pasajera e inestable.

Hay varias críticas de esta perspectiva, Jo Eadie reflexiona sobre que es lo que no cambia en la bisexualidad, una mujer que sólo desea hombres masculinos y mujeres masculinas por ejemplo o el hombre bisexual que lleva un sólo tipo de actividad sexual de hombres a mujeres (la penetración activa por ejemplo).

Greta Christina (una activista bisexual) dice que ella no es heterosexual con los hombres y homosexual con las mujeres, que ella es bisexual con ambos, pues el tener sexo con ambos ha cambiado el tipo de relación que tiene tanto con unos como con otras.

Otros teóricos y activistas bisexuales y algunos psicólogos y sexólogos que incluyen a la bisexualidad en su perspectiva plantean a la bisexualidad como una tercera opción pero llegan al otro extremo de una linealidad bisexual en la que si tienes una orientación bisexual, te conduce o debes conducirte bisexualmente y te identificas o te tienes que identificar como bisexual. Esto siguiendo la misma línea de la identidad como etnia que predomina en los movimientos gays alrededor del mundo.

Argumentando que los gays formamos parte de un grupo que tiene cosas en común como los judíos o los negros. Y muchos teóricos dicen o insinúan que no podemos cambiar y que lo más sano y adaptativo para nosotros (el nosotros se entiende cómo el conjunto de personas que tiene deseos homosexuales y por lo tanto se sigue una orientación homosexual) es identificarnos como gays o lesbianas y vivir un estilo de vida gay o lésbico.

Por otro lado el feminismo lésbico siempre ha considerado como importante el enfatizar su elección de su identidad sexual, como un definirse así mismas y alejarse de las normas heteronormativas y patriarcales proponiendo nuevas formas de relacionarse y de recrearse. Del feminismo lésbico han salido varias de las lideres del movimiento bisexual en Estados Unidos e Inglaterra con lo cual han llevado a este, la importancia de la elección de la identidad y de la creación y recreación de viejas y nuevas formas de ser, estar e identificarse.

Ángela Alfarache distingue en su estudio de identidades lésbicas entre autoidentidad e identidad socialmente asignada, a mí me parecen para este análisis muy importante las dos, y creo que la mirada del otro es importante aunque no necesariamente fundamental en la formación de la propia identidad. Y la mirada del otro se fija en las conductas, desde gritar soy bisexual, o decir me gusta esa chava siendo un chavo de apariencia afeminada o una chava de apariencia femenina, hasta erotizarse con un hombre y una mujer al mismo tiempo, pueden leerse como conductas bisexuales. Donde se interrelacionan prejuicios y juicios, validación o invalidación de las identidades entre otras.

Marjorie Garber, una teórica bisexual nos cuenta el mito de Tiresias relacionándolo con la teoría de Freud acerca de la bisexualidad, y crítica aunque no hace énfasis en ello, el resultar ser la bisexualidad algo doblemente heterosexual, como tu parte femenina que se relaciona con lo masculino y tu parte masculina que se relaciona con lo femenino, y aquí masculino y femenino resulta ser inseparable de hombre y mujer.

A mi me gusta imaginar a una Tiresias doblemente homosexual, a una lesbiana que se convierte en gay y vuelve a convertirse en lesbiana y por lo tanto imaginar a la bisexualidad como doblemente homosexual, no diciendo que una bisexualidad doblemente heterosexual no exista o sea menos valida, sino agregando una posibilidad más de las maneras de vivir la bisexualidad. Pat Califia una escritora y activista lesbiana y sadomasoquista, decide nombrarse bisexual y poco después se hace una operación de reasignación de sexo y ahora vive con otro hombre en una relación gay.

La pluralidad de las identidades es un tema que el economista Amartya Sen convoca en un texto suyo que habla de identidades, en las que se refiere explícitamente a identidades raciales, étnicas, nacionales y religiosas que se trastocan entre si, pero advierte que su texto también puede servir para otras identidades no mencionadas explícitamente, creo que es el caso de las identidades de genero, de rol de genero, sexuales, de orientación sexual y de preferencia sexual que también se trastocan y se interrelacionan entre sí, aunque la sexología actual quiera separarlas y encajonarlas. Sen menciona que en cada uno de nosotros pueden coexistir diversas identidades de distintos ámbitos por ejemplo ser mestizo y bisexual una combinación que a nadie le parezca raro (queer) que coexistan pero también menciona que pueden coexistir identidades que a primera vista puedan parecer contradictorias o excluyentes una a la otra como gay y bisexual o lesbiana y bisexual.

Elspeth Probyn analizando a la sexualidad desde una perspectiva queer que la considera movible y fluida, analizándose así misma dice que no necesariamente tienen que ir de un hombre a una mujer para ser fluida, sino por ejemplo de los caballos como imágenes eróticas a la sexualidad lésbica. Clare Hemmings otra teoría bisexual también dice estar interesada en otros cruces de la bisexualidad, no solamente entre espacios heterosexuales y espacios homosexuales, sino por ejemplo entre espacios de hombres gays y espacios de lesbianas.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Sexo y Sociedad Civil

Por Javier Sáez

Si usted al ir a rellenar un impreso para Hacienda encontrara una casilla con la pregunta "Color de pelo", ¿se extrañaría? Si es así, puede seguir leyendo.

Hay una casilla similar en todos los impresos y documentos cuya pertinencia nadie plantea; es la que le pregunta el sexo. ¿Para qué necesita un registro civil saber nuestro sexo? ¿Nos va a desgravar más Hacienda si somos mujeres? ¿Es la matrícula más barata en la Universidad por ser hombre? En realidad esta pregunta persigue la segregación sexual.

Si a usted le preguntaran para hacerse el DNI el color de su piel, se mosquearía, seguro (sobre todo si no es blanco). Sin embargo contestamos tan tranquilos si somos hombres o mujeres. Ni siquiera se permite la posibilidad de "no sabe; no contesta", que en realidad sería la más razonable. ¿En base a qué criterio se puede justificar la pertinencia de esa pregunta a la hora de formar parte de la sociedad civil?

Se supone que las leyes son iguales para todos. Precisamente el tener que declarar el sexo permite mantener todas las desigualdades sexistas que se dan en la actualidad: la imposibilidad de que personas del mismo sexo puedan casarse, disfrutar de pensiones de viudedad, ventajas fiscales y herencias; la marginación que sufren las mujeres en el mercado laboral (es sabido que muchas empresas no contratan a mujeres) y en otros ámbitos; las barreras legales a la hora de querer cambiar de nombre (de masculino a femenino y al revés), etc. La obligatoriedad de declarar el sexo genera multitud de desventajas y pérdidas de derechos civiles, y por otra parte no queda nunca justificada por parte del Estado.

Esta obligación legal se puede contemplar como una más de las estrategias del dispositivo de sexualidad que descubre Foucault en su Historia de la sexualidad (I. La voluntad de saber). Se establece una relación de poder/saber en la que unas instituciones preguntan sistemáticamente por el sexo, y unos interrogados deben contestar, decir la verdad de su sexo. Lo último en tecnología del sujeto: sexualidad digital, la mejor definición (sexual); la más alta fidelidad (al poder): hombre o mujer, no hay más opciones, y hay que responder. Cuando llenamos esta casilla binaria volvemos a reproducir el esquema de la confesión.

Lo más curioso de todo esto es que la sociedad civil, las leyes, las instituciones, el derecho, los procedimientos judiciales, todo lo que tiene que ver con el estatuto del ciudadano seguiría funcionando sin el menor problema aunque desapareciera el registro legal del sexo, y además se evitaría cualquier tipo de segregación sexual.

Quizá algunos empresarios lamentarán íntimamente que su mejor informático, Pedro, lleve tacones, y algún juez se llevará una rabieta cuando, en el registro matrimonial, no pueda preguntar lo de "¿Sexo?". Pero si hasta Sudáfrica cambia sus leyes, ¿por qué no hacerlo nosotros?

miércoles, 14 de septiembre de 2011

La mente hétero y la masculinidad como construcción

(Fragmento de “Masculinidades no dominantes: Una Etnografía de Gaydar” de Francisca Luengo)

… Para poder entender la existencia de masculinidades hegemónicas, situadas en tiempos y lugares determinados, que ponderan ciertas competencias y características asociadas a lo “masculino” es necesario partir de la conceptualización de la norma hétero que propone al binario complementario hombre/mujer como única posibilidad.

La heteronormatividad, desde la perspectiva de autoras como Wittig, se funda en la heterosexualidad: la relación social obligatoria entre “hombre” y “mujer” como categorías universales y universalizantes, que determina que todo lo que se aleje de este binario es socialmente inconcebible. (Wittig, 1978:5) Butler afirma que la heterosexualidad es un discurso restrictivo de género que insiste de forma permanente en el binario del hombre y la mujer “como la forma exclusiva de entender el campo del género… que naturaliza el caso hegemónico y reduce la posibilidad de pensar en su alteración”. (Butler, 2006:70) Desde esta perspectiva teórica, la heteronormatividad genera la ilusión de que la existencia de identidades sexuales y de género estables.

Este sistema es una construcción social que varía de una cultura a otra y su análisis debe considerar lo que la autora define como el elemento histórico y moral en la herencia cultural de las formas de masculinidad y feminidad, que se inscriben en la heterosexualidad obligatoria.

El sistema binario: hombre-mujer crea universales y propone la idea de identidades fijas, opciones únicas, que tienen su sustento en el sistema sexo/género: “el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en producto de la actividad humana transformada”. (Rubin, 1997: 41- 42). Esta autora plantea a la heterosexualidad como un régimen político:

“La heterosexualidad, más que ser un tipo de deseo, se constituye en un régimen político, lo que cada sociedad denomina como sexual, permite o prohíbe, se obtiene culturalmente, se modifica y practica, siendo un producto social, y es necesario entender las relaciones de producción del sexo, la organización social de la sexualidad y la reproducción de las convenciones de sexo y género” (Rubin, 1997: 27). La normativa hétero encuentra su fuerza en la definición de “lo masculino” y de lo “femenino” como complementario, pero su pilar es la masculinidad que se construye como superioridad en medio de una tradición patriarcal. La masculinidad es leída como punto de partida de las lógicas de género, como completitud e incluso como privilegio.

Homofobia proletaria y deseo de clase

(Fragmento de Extravios, de Ricardo Llamas y Francisco Javier Vidarte)

Las fantasías que estamos exponiendo nunca son unidireccionales. Del otro lado están nuestras propias fantasías. La culpa del desaguisado se reparte a medias. Lo mismo que muchos gays son tan estúpidos que creen que un atributo inalienable del heterosexual es la actividad, habiéndose probado lo contrario, ya que nuestra confrontación les hace descubrir, a los más listos, su lado más “femenino” (para quien siga queriendo asociar femenidad y pasividad), las miradas que muchos de nosotros les dirigimos, babeantes y patéticos, creyendo estar ante el verdadero hombre, les hace caer a ellos en el siguiente error de apreciación.

Partamos de uno de los lugares más frecuentados por algunos heterosexuales y en los que parecen encontrarse a sus anchas: obras, andamios, socavones en el pavimento, asomando la cabeza por la boca de una alcantarilla, conduciendo un camión. Culpa, claro está de una mitología proletaria henchida (como la de otras clases sociales) de homofobia. Es ésta ya claramente una fantasía: ni la clase obrera en el ejercicio de su clase social es sólo heterosexual, ni el sexo inter-clases aporta ningún plus de goce, ni un viandante que pase por delante de uno de estos lugares de trabajo tiene por qué ser gay. Valga esta elucubración, pues, sólo a efecto expositivos.

Evidentemente, si, paseando camino de cualquier parte pasa una marica delante del lugar de trabajo de una cuadrilla de obreros y, por el motivo que sea, saltan chispas, no podemos apresurarnos sin más a hablar de provocación por ninguna de las dos partes. Sencillamente, en el diario tráfago del bullicio urbano, dos o más miradas se cruzan, independientemente de la clase social de los propietarios de sendas retinas. Primera cuestión: está más o menos claro por qué mira el paseante marica. Ellos van sin camiseta, enseñando mucha, tostada y abultada epidermis y luciendo perladas sudoraciones. Si se le va la mirada,

no hay problema alguno en ello: un hombre (del tipo hetero que aquí nos ocupa), por muy estúpido y llevadero a los tribunales que pueda llegar a ser, no tiene por qué ser feo; a menudo, cuando trabajan en medio de la calle, se empeñan en estar particularmente atractivos.

Pero nosotros, que no vamos con el torso desnudo, sino arregladitos y bien vestidos o como buenamente podemos, de calle o más formales, ¿por qué se nos quedan mirando también ellos y nos sostienen la mirada; dejas de mirarlos, vuelves la cabeza y no han apartado la vista? En ocasiones, esta situación les hace proferir un insulto porque quién sabe qué frustración (acaso otra idea falsa que asocie “arregladito y bien vestido” con algo de pluma a “burgués opresor”) les obliga a descargar la tensión, incapaces de sublimarla ni de desviarla por otros medios más sociables. En otros contextos más burgueses (en el Consejo de Administración de una gran empresa, pongamos por caso), una cierta convención de clase anima al hetero homófobo a musitar tan sólo su desagrado, en voz baja: discreción de clase obliga. Volviendo al primer caso, podría surgir ante una homofobia de signo proletario una indiferencia clasista por parte de la marica insultada: no merece la pena perder el tiempo ajustando cuentas con una cabeza sudada que vocifera asomando desde un polvoriento hoyo que lleva escarbando toda la mañana en medio de la calle. Bastante tiene.

El campo de las preguntas estúpidas puede ampliarse sin tino: ¿Mira la marica al obrero porque piensa que es gay?, ¿porque lo considera hetero?, ¿porque es obrero y, con eso, basta? O bien, ¿le insulta este último porque lo considera un burgués?, ¿o porque le parece marica? En última instancia, ¿es homofóbica la lucha de clases?, ¿es clasista la liberación gay?, ¿por qué no se le plantean estas dudas a un viandante hetero?, ¿cómo las solucionaría un obrero marica? Continuemos el paseo.

Lo más interesante del asunto, siendo siempre criticable utilizar el clasismo (quien pueda) como arma arrojadiza contra la homofobia (el mayor factor de cohesión intra e interclasista) es que del hecho de piropear a la mujer de turno a insultarnos a nosotros va un paso y las fronteras no quedan demasiado claras. No queremos decir con esto que si nos amenazan con clavarnos un piolet en la cabeza lo tomemos como un cumplido -hay históricos precedentes para desconfiar-; simplemente pudiera ser que el mecanismo libidinal que soporta esta actitud fuera semejante al del piropo soez, sólo que deformado por la represión. El asco del hetero ante la marica tal vez tenga algo que ver con una pulsioncita homosexual que, de pronto, aflora insospechadamente y, como son “gente sana”, rápidamente mudan en repugnancia y agresividad contra el objeto de deseo. Pero da igual el destino de la pulsión y

cómo ésta se descargue: lo importante es que está ahí. Siempre que la descarga no redunde en nuestro menoscabo físico.

Segundo axioma: los heteros incontaminados por un imperativo de prudencia, socializados y educados de mala manera, descargan sus pulsiones desordenadamente, resultando extremadamente difícil distinguir la componente erótica de la agresiva, solapándose ambas con frecuencia como mecanismo de (auto)despiste. De donde resulta un vano consuelo para algunos: me agrede, pero en el fondo está loco por mí.

lunes, 12 de septiembre de 2011

El Placer y la izquierda ¿Cómo era la sexualidad entre los militantes de los 70?

La militancia horizontal

¿En qué momento se produjo la separación de facto entre la palabra revolución y la palabra sexual? ¿Qué pasaba con los homosexuales? ¿Había doble moral también entre los revolucionarios?

Una vez una feminista, ex militante de la revolución sexual, le preguntó incrédula a otra: “Pero ¿vos realmente gozabas por aquellos días?”. La otra respondió con sinceridad: “No sé, estaba muy ocupada gritando”. El chiste alude a la subida de las acciones del sexo en los 70, a su politización acompañada de sucesivos modelos doctrinarios, todos ellos imperativos, aunque incorporaran palabras habitualmente utilizadas en los chistes verdes y los insultos de barrio. Claro que esta subida no fue igual en todas partes. En los partidos de izquierda, se oscilaba entre la captura de toda actividad privada (que debía exponerse ante un tribunal enjuiciador), la relativa socialización del sexo y la vieja y modesta aceptación del camino trazado por la burguesía: la doble moral. Pero una pregunta continúa en pie: ¿cuándo se separaron de facto la palabra revolución y la palabra sexual?

Horacio Tarkus, un investigador de los meandros de las corrientes del marxismo en la Argentina, aventura: “La izquierda no tiene una política para el deseo. En los orígenes del socialismo moderno existieron los que después despectiva y subrepticiamente se llamaron utópicos, que realizaron su crítica a la sociedad existente, a sus valores e instituciones, a la vida cotidiana y la sexualidad. Estos autores serían tomados en su momento por los surrealistas, los situacionistas y el movimiento hippie. Pero cuando se instituyó el socialismo científico, el de Marx y Engels, se dio un corte con el modelo anterior (de ahí que pasaran a denominarlos utópicos). Parte de aquella crítica (que proponía la emancipación de la mujer y de la sexualidad, la liberación del deseo como rechazo del trabajo y como reivindicación de la creatividad) quedó en algunos sectores asimilada pero al mismo tiempo fuertemente contrapesada por un socialismo que se define en términos de objetividad, fuerza productiva y organización racional de esa producción”.

En el árbol genealógico rojo de la Argentina no era lo mismo descender de Trotski, autor de Literatura y revolución y Problemas de la vida cotidiana, que de Stalin y su purga de homosexuales. No era lo mismo recibir la hostia doctrinaria de Nahuel Moreno (trotskista y líder del PST), de Victorio Codovila (comunista asimilable a un cura rojo) o ser “regulado” en la vida de pareja por J. Posadas, aquel líder del PORT que era capaz de discutir en una reunión la superioridad revolucionaria de los marcianos para, acto seguido, sancionar con furores de Torquemada un besito fuera de casa. Existía un Nicolás Repetto austero y un Palacios romántico. Tarkus reconoce que, entre los diversos brotes del árbol de las izquierdas, había apolíneos y dionisíacos. Y que en la década del 20 llegó una corriente de aire fresco: el movimiento estudiantil en torno a la reforma del ‘18 y el nacimiento de una cultura antiimperialista que se cruzó con la comunista cuando ésta aún no estaba demasiado cristalizada en el marxismo-leninismo.

Aquel acercamiento entre vanguardias políticas y estéticas se secó en la hiperpolitización y la militarización de algunos descendientes. La historia de esa pérdida excede las intenciones de seriedad de esta nota. Tampoco se pretende dar cuenta aquí de las políticas de los diversos partidos respecto a la vida cotidiana de sus militantes sino, más bien, registrar impresiones, iluminar algunos documentos, abrir una discusión que siempre pareció silenciada por la cantilena de “las prioridades” o por no quedar bajo la sospecha de que la política podía ser divertida (lo cual para la mayoría de las izquierdas constituye aún hoy un sacrilegio). Los testimonios se anclan en la experiencia de los años 70, cuando muchos se empezaban a preguntar qué hacía el poder en sus camas.

LA EYACULACION BOBA En el verano de 1986 apareció en los circuitos de izquierda el número 5 de la revista Praxis, dedicado a la militancia y la vida cotidiana. La ilustración de tapa mostraba a una pareja desnuda en una cama instalada junto a un enorme retrato de Marx (ella tenía cara de insomnio insatisfecho y pechos bizcos como las chicas de Flores de Oliverio Girondo; él leía con el ceño fruncido el Qué hacer de Lenin). En uno de los artículos del libelo, encuadernado con un papel fucsia feminista, el poeta y ex director de la revista combativa La rosa blindada Carlos Alberto Brocato hacía literalmente polvo el narcisismo erótico de los militantes de izquierda acusando, fundamentalmente a los varones, de no haber superado siquiera el preescolar del ars amandi. El artículo se llamaba “Crisis de la militancia (notas sobre la sexualidad)”. Brocato empezaba por decir que, tal como había demostrado la historia de las religiones, cuanto más pequeñas son las iglesias, más ortodoxas son sus prácticas. Por lo tanto, se puede pellizcar con menos culpa a una catequista católica que a una adventista o anglicana. Todo para hablar de la ultraortodoxia del trotskismo (o su “frailerío”, tal como lo llama Brocato), que permaneció más o menos intocable debido a que en nuestro país apenas se desarrolló la crítica cultural desatada por las revueltas de mayo del ‘68. La sexualidad nunca habría generado un debate en los partidos de izquierda al estilo preconizado por el psicoanalista Wilhem Reich, autor de La revolución sexual. En todo caso, funcionaba como un mero principio aglutinador y de identidad bajo la forma del trueque sexual. El militantismo tendía a quitarle todo misterio a la práctica sexual, a través de una “visión científica” que revelaba lo erótico como una ilusión o “falsa conciencia”.

LA TEORIA DEL VASO DE AGUA Para Brocato, los militantes de izquierda sostenían la teoría del vaso de agua: “Coger es tan simple y transparente como tomar un vaso de agua”. Esto los convertía en activistas monotemáticos del decatlón sexual con el primero que se pusiera a tiro, ya que el militante se consideraba liberado per se. Otra causa de empobrecimiento erótico era la de asociar los llamados “juegos preliminares” a la hipocresía burguesa: se los veía como un rodeo puritano que encubría la franca materialidad del sexo (es decir, su carácter objetivo de “al pan, pan y al vino, vino”). También los coitos fraternos, provocados por una suerte de solidaridad fisiológica, eran rituales destinados a confirmar la pertenencia al mismo núcleo, en una suerte de “club de la cópula”. Brocato habla de productivismo al aludir a ciertas corrientes que, embarcadas en una supuesta “liberación sexual” de superficie, lo hacían porque el sexo mejoraría la militancia, como ciertos jabones de tocador el cutis. Con encantadora maldad, sugiere que podría acuñarse la consigna: “Compañero, adquiera el hábito de fornicar. Militará con menos nerviosismo y venderá más periódicos”. A esas prácticas eróticas Brocato las bautiza “eyaculación boba” y su versión femenina serían aquellas cabalgantes de alcoba, insatisfechas y oprimidas aunque no usaran corpiño.

LA EXPERIENCIA TOTAL La interpretación más literal de la revolución sexual hecha por algunos sectores de la militancia trotskista parece haber sido la de concebir a toda pareja como una unidad pequeñoburguesa que debía ser socavada, favoreciéndose los encuentros fugaces pero, valga la expresión, “minantes”. Brocato transcribe testimonios de mujeres que fueron burlonamente criticadas por negarse a socializar durante las noches en las clásicas jornadas colectivas de discusión de fin de semana. También cita casos de parejas satirizadas cruelmente por no haberse dejado “socavar” de acuerdo a las necesidades de algún líder o su protegido. Eduardo Grüner, ex militante del PRT y crítico cultural siempre interesado en filosofar sobre aquello que escapa al ascetismo rojo (o sea, las pasiones), dice: “El trotskismo fue uno de los pocos sectores donde, quizá por influencia del feminismo, se empezó a legitimar una política donde las mujeres tomaran la iniciativa si estaban calientes con algún compañero. Y es obvio que los líderes hacían uso de su derecho de pernada”. Y Sara Torres, ex militante del PST y actual miembro de la Asamblea Raquel Liberman que trabaja por la despenalización de la prostitución, evoca los tiempos en que la revolución sexual había llegado al partido de la mano del Informe Hite: “Cada compañero se abocaba a cada parte de la dama con un rigor y una meticulosidad científicos, que a veces nos daba la impresión de que estaban haciendo cuerpo a tierra. Los triángulos y los cuadriláteros se argumentaban con razones de doctrina. Me acuerdo que yo tenía un compañero cuya mujer era abogada de obreros. Entonces, en determinados días, ella se iba a vivir una experiencia total con alguno de ellos, mientras yo me quedaba haciéndole compañía a su marido”.

LOS INTERESES DE LA REVOLUCION Estas prácticas, que bien podrían definirse como tragicómicas, no existieron (y mucho menos en voz alta) en el interior de las organizaciones comprometidas en la lucha armada. Daniel de Santis, un investigador de la historia del PRT/ERP, ha permitido la difusión del documento Sobre moral y proletarización, redactado por un compañero bajo el seudónimo de Julio Parra y escrito en el penal de Rawson poco antes del intento de fuga y los fusilamientos. Según De Santis, Sobre moral... fue publicado por primera vez en una revista de los presos del PRT, llamada La gaviota blindada: “El hecho de haber sido escrito en la cárcel le daba una visión un poco rígida de los problemas abordados. Por ese motivo, ya en el año 1974 la dirección partidaria desaconsejaba su lectura, aunque se volvió a reimprimir y era un verdadero best seller entre la militancia del partido, sobre todo en la de origen universitario”. El documento critica la revolución sexual interpretándola como una unilateralización del amor y una animalización del sexo. Haciendo gala de cierto feminismo en la prescripción de conductas a las parejas militantes (se adopta especial firmeza en la socialización del cuidado de los hijos), el documento en verdad no habla del deseo en ningún momento y rezuma el mismo productivismo en función de la militancia del que hablaba Brocato. Por ejemplo, en su caracterización del “adulterio” establece: “Otra falta de respeto por la pareja se manifiesta cuando se produce una separación temporaria por las tareas o porque uno de los compañeros, o ambos, caen en manos del enemigo. En este caso es frecuente que los compañeros tiendan a iniciar nuevas relaciones. Es una manera cómoda de resolver las carencias propias inmediatas y constituye una muestra de fuerte individualismo, al no ponerse en el lugar del otro y no mirar las cosas de conjunto, partiendo del punto de vista de los intereses superiores de la revolución”.

LA INFIDELIDAD Y LA MILITANCIA La esencial inutilidad del deseo, más allá de su búsqueda de realización, solía evidenciarse en la conducta de los militantes rompiendo las cuadrículas doctrinarias. Una militante del ERP que aparece en el libro Mujeres guerrilleras, de Marta Diana, cuenta la sorpresa que se llevó un día en que encontró entre las ropas de su marido una carta de amor que le había enviado una compañera. La cosa no era así de simple: Peti era responsable de la “otra”, quien a su vez solía ayudarla en calidad de baby-sitter. Así que planteó el conflicto a la célula. La “otra” se explicó, dijo que se había tratado de un affaire y que, para ese momento, ya era asunto terminado. Peti siguió trabajando como profesora en las escuelas que el partido tenía en Buenos Aires hasta que una nueva revelación la puso a prueba: “Un día me enteré de que mi marido viajaba de Córdoba a Rosario para seguir viendo a la otra compañera. Esta vez llevé el asunto a la estructura nacional. Mi compañero, que formaba parte del Buró Político, fue sancionado y separado de su cargo. Como todo asunto de la vida interna, el tema fue publicado en los boletines, cuya lectura era habitual en la rutina de la militancia. Para completar el cuadro, la compañera en cuestión fue enviada a estudiar a la escuela donde yo estaba, de modo que la tenía de alumna. Con ella en la clase, debía leer los boletines donde yo y el marido éramos los engañados de la historia”. Cabe preguntarse si lo que sucede en el interior de las izquierdas se diferencia del habitual malentendido entre los sexos. Y cabe también conservar la esperanza: nunca hubo un correlato entre la ideología y las pasiones.

LA HOZ, EL MARTILLO Y EL TRIANGULO ROSA La “cuestión homosexual”, o el viraje del rojo al rosa, no tuvo la misma respuesta en los distintos partidos de izquierda. Pero en todos ellos la homosexualidad sólo era considerada en cuanto problema de seguridad interna. El nomadismo gay, sus nocturnidades confidenciales y el gusto por el chongo (léase lumpen) hacían que promiscuidad y delación se hicieran uno y convierten al Molina de El beso de la mujer araña de Manuel Puig en una figura redentora, al pasar de soplón a militante. El poeta Carlos Moreira ha estudiado la fuerza con que se descargó la represión de la dirigencia sobre los homosexuales desde la Revolución Cubana en adelante: “Quizás el meollo de toda la problemática a la que se entregaron los dirigentes no recaiga demasiado en las prácticas homosexuales sino en el terror al hombre femenino, que bien podría constituir un mito de los tiempos modernos. En una sociedad militarizada y con un solo fin, el homosexual simboliza una opción insoportable, la de alguien que desprecia el espíritu castrense castrista y el legado de la paternidad, evidenciando que la sexualidad es un fin en sí misma (y, por lo tanto, una afirmación de individualidad). Sentimentalizar la relación entre varones enternece al soldado, sabotea el deber del centinela, ridiculiza la virilidad asumiendo supuestos valores femeninos antisociales: frivolidad, inconstancia, falta de espíritu de sacrificio, búsqueda de placer, irresponsabilidad. Y la tendencia al cosmopolitismo lo hace sospechoso de quintacolumnista. Es entonces cuando un gesto, un mero contacto, son desfigurados hasta el delito de Estado. Alguien aludió a una involuntaria humorada de Fidel que me parece que ilustra esta faceta programática: La revolución no necesita peluqueros”.

EN EL PUEBLO NO HAY HOMOSEXUALES Un integrante del FLH llamado Martín, entrevistado en 1986 por Gerardo Yomal en el mismo número de Praxis donde figura el texto de Brocato, testimonia: “Cuando yo estaba todavía en la periferia del partido se planteó qué pasaba con el tema de la homosexualidad en relación al partido. Se me respondió que el homosexual sufre una doble represión si es revolucionario: como revolucionario y como homosexual. Y el problema que podía tener el partido es que ésa era una puerta abierta más para que entrara la represión. Tu vida privada puede ser un obstáculo para la seguridad del partido. Cuando me dijeron Tenés que tener más recaudo que cualquier otra persona, yo lo acepté como una descripción, no como un imperativo. Porque, dada la manera como yo planteaba mi vida, era prácticamente imposible que yo llevara extraños a casa. Ellos podían ir a un hotel alojamiento, en cambio mis relaciones sexuales yo las tenía que mantener en mi departamento o en el del otro”. Yomal le pregunta entonces si el partido se hacía eco de la moral burguesa, pero Martín de algún modo justifica a su organización alegando que no estaba en condiciones de hacerse cargo de ese problema, material e ideológicamente: “De pronto, aparecía ese problema y tenían que dar una respuesta práctica. Esto me lo dijeron a mí, pero lo mismo podrían haber dicho a un drogadicto o cualquier marginal. Lo importante es que no había una marginación del marginal”. En el mismo artículo, otro militante del FLH y ex PCR cuenta: “No había una posición formada sobre el tema, pero el argumento era táctico: un comunista debe ser como es el pueblo, para poder dirigirlo, para que el pueblo pueda sentirse representado, y liberarlo. Y aparentemente, en el pueblo no hay homosexuales”. Y agrega en tono picaresco que, entre los montoneros, había un capo al que se mantenía en la clandestinidad no por su función sino porque era “reloca”. Durante un encuentro nacional, el compañero debía representar a Buenos Aires y para que los del interior no se escandalizaran con ese porteño “de muñeca quebrada”, la conducción lo adiestró convenientemente hasta conseguir un ejemplar de vestuario neutro y agudos atemperados.

LA CURA La “regeneración” es la otra oferta que algunas izquierdas han ofrecido al militante que no ha aceptado las glorias de la compañera-nido loada por el Eros telúrico de Armando Tejada Gómez y que prefiere, a cambio, al camarada de pelo en pecho. Eduardo Grüner recuerda con cólera caballeresca: “Yo tenía una pareja en lo que todavía era el PRT-La Verdad. Una compañera, como se decía entonces. Y teníamos en el mismo grupo a un amigo que era homosexual. La dirección del partido estaba muy preocupada porque lo consideraba una desviación decadente, pequeñoburguesa. Entonces me proponen a mí que mi chica lo iniciara en los placeres de la heterosexualidad, bajo mi consentimiento. Allí comencé a abrirme el camino a la expulsión, porque fui hasta el Comité Central y armé un escándalo mayúsculo. Este tipo de actitud suponía un doble vínculo ideológico: por un lado eran lo suficientemente liberales como para suponer que yo podía tolerarlo y, por el otro, eran tan conservadores que creían que había que corregir a la homosexualidad en cuanto desviación”.

En Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires Sebreli cita a la periodista Silvina Walger diciendo que los montoneros ejecutaron a dos compañeros por considerar que todos los homosexuales eran “apretables”. En cuanto al PC, siempre hizo la vista gorda ante el hecho de que un militante de sus filas y del Sindicato de Correos fuera fundador del Frente de Liberación Homosexual (aun hoy su nombre es secreto de unos pocos). El ERP alguna vez protestó porque sus militantes eran recluidos en las mismas celdas que los gays “levantados de levante” por Lavalle o en las razzias realizadas en los baños de Retiro por la “tía Margarita” (el comisario Margaride), aquel servidor de los gobiernos de Frondizi, Onganía y Cámpora.

El peronismo nunca debatió sobre sexualidad pero en algún momento la reglamentó dentro de Montoneros a través de un código, sobre todo en cuanto aldulterio. Flavio Rapisardi, integrante del área de Estudios Queer de la Universidad de Buenos Aires aventura: “La homosexualidad en el peronismo es como en los países musulmanes, algo que se da pero que no se nombra. Si tomamos al menemismo, por ejemplo, yo tengo un amigo gay que trabaja en un órgano del gobierno y para la fiesta de fin de año es Dios. Se disfraza de mujer y hasta el capo baila con él. Y La Pepona, un travesti de Jujuy, decidió hacer su baile de debutante a los 38 años, se compró un gran vestido, se sacó fotos en la gobernación, el gobernador le dio permiso y la fiesta fue apoteótica. Pero cuando decidió fundar la Comunidad Homosexual en Jujuy, la sede fue allanada por la policía”.

LA ROSA ESPARTAQUISTA En 1972, cuando tenía veintidós años, Néstor Perlongher había llegado a encabezar la fracción de Política Obrera en la Facultad de Derecho, adonde estudiaba, pero pretendía que el partido reconociera su condición de homosexual. Como no lo logró, comunicó su ruptura y fue a pararse en Callao

Corrientes vestido de blanco y con capelina. Desde 1969, un grupo de disidentes sexuales de extracción gremial e intelectual había comenzado a reunirse con el propósito de fundar el Frente de Liberación Homosexual de la Argentina. Perlongher representó su ala ultra. La incorporación a las movilizaciones del triángulo rosa invertido (que los nazis utilizaban para marcar a los homosexuales) no se hizo sin desconcierto. Los apoyos de los revolucionarios sexuales, fueran los agrupados en la organización Política Sexual (que nucleaba disidentes eróticos, pedagogos piageteanos y feministas) o los del Frente de Liberación Homosexual, eran igualmente resistidos. Cuenta Sara Torres que el PST intentó hacer una utilización electoralista de la cuestión homosexual: “En 1974 hicimos una campaña organizada por las feministas, el PST y el FLH por la derogación del decreto que prohibía la información y difusión de métodos anticonceptivos, a partir de lo cual se habían cerrado todos los centros asistenciales gratuitos de los hospitales. Perlongher y yo fuimos a hablar con Nahuel Moreno y el tema fue tomado por el PST, si bien de manera muy marginal”. Moreno destinó una habitación de un local en el Once para que se reuniera el Frente. En la puerta había un cartel que decía Prohibida la entrada.

Muchos trotskistas fueron seducidos (la expresión es de Sebreli) por el peronismo en su ilusión de fundirse con las luchas sociales colectivas. Durante los festejos luego del ascenso de Cámpora al poder, cien miembros del Frente marcharon codo a codo con la JP. El romance que nunca fue tal terminó cuando los montoneros, presionados por la derecha, acuñaron la célebre consigna: “No somos putos, no somos faloperos, somos soldados de Perón y Montoneros”.

LA CIUDAD LIBERADA Perlongher fue quizás el único intelectual crítico que intentó reflexionar provocadoramente en ese cruce entre trama política y deseo, alguien que se dejó interrogar por el feminismo naciente y utilizó el psicoanálisis sin convertirlo en un instrumento puramente centrado en las desigualdades de clase. Pero el quiebre que bifurca a la izquierda entre los que combaten por la igualdad social, económica y política y los que combaten por el reconocimiento cultural continúa. Los primeros acusan a los segundos de despolitizarse y de que sus reivindicaciones no pueden diferenciarse de la política de mercado. Los segundos, como Flavio Rapisardi, responden que descreen del antagonismo: “Tanto el género, como la raza y la orientación sexual constituyen modos de distinción cultural que forman parte de la estructura económico-política: mujeres, gays, lesbianas y minorías étnicas ocupan generalmente los puestos de trabajo peor remunerados, y se convierten en las variables de ajuste de las reestructuras empresarias. Si bien ambos modos de injusticia son inseparables, esto implica que la solución que deba darse sea mixta y no global”. El comandante Marcos pareció comprender muy bien la irrupción de estos nuevos sujetos sociales cuando encabezó uno de sus discursos autodenominándose mujer, homosexual, anciano, negro. Las luchas en las calles de los 90 por la visibilización de los travestis, gays y lesbianas, y las querellas legales en torno al aborto confluyen con las formas de la política tradicional. La izquierda Cicciolina y la izquierda Cary Grant (por usar las dos imágenes preferidas por Néstor Perlongher) se cruzan en su consigna “para vivir y amar en una ciudad liberada

Agradesco nuevamente a Matias Sebastian del Grupo Heterosexual Friendly por el material


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