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martes, 11 de octubre de 2011

Las Relaciones Sexuales y la lucha de clases (Segunda Entrega)


Esta idea de la posesión recíproca de una pareja amorosa extiende su dominio de tal forma que casi no nos sorprende un hecho tan anormal como el siguiente: dos recién casados vivían hasta ayer cada uno su propia vida, al día siguiente de su unión cada uno de ellos abre sin el menor escrúpulo la correspondencia del otro, y, consecuentemente, el contenido de la carta procedente de una tercera persona que sólo tiene relación con uno de ellos se convierte en propiedad común. Una “intimidad” de este tipo no puede adquirirse más que como resultado de una verdadera unión entre las almas en el curso de una larga vida común de amistad puesta a prueba. Lo que ocurre en general es que a esta intimidad se le busca un sustitutivo legítimo, que tiene por base la idea, totalmente equivocada, de que la intimidad física entre dos seres es una razón suficiente para extender el derecho de propiedad sobre el ser emocional de la persona amada.

El segundo factor que deforma la mentalidad del hombre contemporáneo, y que es una razón para que la crisis sexual se agudice, es la idea de desigualdad entre los sexos, desigualdad de derechos y desigualdad en la valoración de su experiencia física y emocional. La “doble moral”, inherente tanto a la sociedad burguesa como a la aristocrática, ha envenenado durante siglos la psicología de hombres y mujeres. Estas actitudes son tan parte de nosotros que es mucho más difícil librarse de su penetrante ponzoña que de las ideas tocantes a la propiedad de un esposo sobre el otro, heredadas de la ideología burguesa. La concepción de desigualdad entre los sexos, incluso en la esfera de la experiencia física y emocional, obliga a aplicar constantemente medidas diversas para actos idénticos, según el sexo que los haya realizado. Incluso la persona más “progresista” de la burguesía que haya sabido desde hace tiempo superar las prescripciones del código de la moral en uso, será incapaz de sustraerse a la influencia del medio ambiente y emitirá un juicio completamente distinto, según se trate de un hombre o de una mujer. Bastará un simple ejemplo: imaginemos que un intelectual burgués, un hombre de ciencia, un hombre que está involucrado en asuntos políticos y sociales, que es en definitiva “una personalidad”, e incluso, una figura pública, se enamora de su cocinera —hecho que, además, se da con bastante frecuencia— y llega, incluso, a casarse con ella. ¿Modificará la sociedad burguesa por este hecho su conducta con respecto a la “personalidad” de este hombre? ¿Pondrá acaso en cuestión su “personalidad”? ¿Dudará de sus cualidades morales?

Naturalmente, no. Ahora pongamos otro ejemplo: una mujer perteneciente a la sociedad burguesa, una mujer respetada, considerada, una profesora, médica o escritora. Una mujer, en suma, con “personalidad”, se enamora de un criado y colma el “escándalo” consolidando esta cuestión con un matrimonio legal. ¿Cuál será la actitud de la sociedad burguesa respecto a esta persona hasta ahora respetada? La sociedad, naturalmente, la mortificará con su “desprecio”. Pero todavía será mucho más terrible si su marido, el criado, posee una bella fisionomía u otros atractivos de carácter físico. Nuestra hipócrita sociedad burguesa juzgará su elección de la forma siguiente: “Es obvio de qué se ha enamorado”.

La sociedad burguesa no puede perdonar a la mujer que se atreve a dar a la elección del hombre amado un carácter demasiado individual. Según la tradición heredada de costumbres tribales, nuestra sociedad pretende todavía que la mujer continúe teniendo en cuenta, en el momento de entregar su corazón, una serie de consideraciones de grados y rangos sociales, que tenga en consideración el medio familiar y los intereses de la familia. La sociedad burguesa no puede considerar a la mujer como una persona independiente, separada de la célula familiar, le es completamente imposible apreciarla como una personalidad fuera del círculo estrecho de las virtudes y deberes familiares.

La sociedad contemporánea va mucho más lejos que el orden de la antigua sociedad tribal en la tutela que ejerce sobre la mujer. No sólo le prescribe casarse únicamente con hombres “dignos” de ella, sino que le prohíbe incluso que llegue a amar a un ser que es su “inferior”.

Estamos acostumbrados a ver cómo hombres de un nivel moral e intelectual muy elevado eligen como compañera de vida a una mujer insignificante y vacua, que de ninguna manera se corresponde con el valor espiritual del marido. Apreciamos este hecho como completamente normal y, por tanto, no merece siquiera nuestra consideración. Todo lo más que puede suceder es que los amigos “se lamenten de que Iván Ivanovitch se haya casado con una mujer insoportable”. El caso varía si se trata de una mujer. Entonces nuestra indignación no tiene límites, y la expresamos con frases como la siguiente: “¡Cómo es posible que una mujer tan inteligente como María Petrovna pueda amar a una nulidad así!… Tendremos que poner en duda su inteligencia…”

¿A qué obedece esta manera diferente de juzgar las cosas? ¿Qué causa determina una apreciación tan contraria? Esta diversidad de criterio no tiene otro origen que la idea de la desigualdad entre los sexos, idea que ha sido inoculada a la humanidad durante siglos y siglos y que ha acabado por apoderarse de nuestra mentalidad de una manera orgánica. Estamos acostumbrados a valorar a la mujer, no como una personalidad, con cualidades y defectos individuales, independientes de sus experiencias físicas y emocionales. Para nosotros la mujer no tiene valor más que como accesorio del hombre. El hombre, marido o amante, proyecta sobre la mujer su luz y, es a él, y no a ella misma, a quien tomamos en consideración como el verdadero elemento determinante de la estructura espiritual y moral de la mujer. En cambio, cuando valoramos la personalidad del hombre hacemos por anticipado una total abstracción de sus actos en relación a sus relaciones sexuales. La personalidad de la mujer, por el contrario, se valora casi exclusivamente en relación con su vida sexual. Este modo de apreciar el valor de una personalidad femenina se deriva del papel que ha representado la mujer durante tantos siglos y sólo ahora es cuando se está logrando poco a poco una reevaluación de estas actitudes, al menos en términos generales.

La atenuación de estas falsas e hipócritas concepciones sólo podrá realizarse con la transformación del papel económico de la mujer en la sociedad, y con su entrada independiente en la producción.

Los tres factores fundamentales que distorsionan nuestra mente, y que deben afrontarse si se pretende resolver el problema sexual, son: el egoísmo extremo, la idea del derecho de propiedad de los esposos entre sí y el concepto de desigualdad entre los sexos en el ámbito de sus experiencias físicas y emocionales. La humanidad no encontrará solución a este problema hasta que no haya acumulado en su psicología suficientes reservas de “sentimientos de consideración”, hasta que su capacidad de amar sea mayor, hasta que el concepto de libertad en el matrimonio y en la unión libre no sea un hecho consolidado. En suma, hasta que el principio de camaradería no haya triunfado sobre los conceptos tradicionales de desigualdad y de subordinación en las relaciones entre los sexos. Sin una reconstrucción total y fundamental de nuestra psicología el problema sexual es irresoluble.

¿Pero no será esta condición previa una utopía desprovista de base, utopía en la que basan sus consignas ingenuas los idealistas soñadores? Intentemos aumentar la “capacidad de amar” de la humanidad. ¿Acaso los sabios de todos los pueblos, desde Buda y Confucio hasta Cristo, no se han entregado desde tiempos remotos a esta tarea? Sin embargo, ¿hay alguien que crea que la “capacidad de amar” ha aumentado en la humanidad? Reducir la cuestión de la crisis sexual a utopías de este tipo, por muy bien intencionadas que sean, ¿no significará prácticamente un reconocimiento de debilidad y una renuncia a buscar la solución anhelada?

Veamos si esto es cierto. ¿Es la reeducación radical de nuestra psicología y nuestro enfoque de las relaciones sexuales algo tan improbable, tan alejado de la realidad? ¿No podríamos decir que, por el contrario, mientras que grandes cambios sociales y económicos están en curso, las condiciones que se están creando demandan y dan lugar a una nuevo fundamento para la experiencia psicológica que está en consonancia con lo que hemos estado hablando? Ya en nuestra sociedad avanza un nuevo grupo social que intenta ocupar el primer puesto y dejar de lado a la burguesía, con su ideología de clase y su código de moral sexual individualista. Esta clase ascendente, de vanguardia, lleva necesariamente en su seno los gérmenes de nuevas orientaciones entre los sexos, relaciones que forzosamente han de estar estrechamente unidas a sus objetivos sociales de clase.

La compleja evolución de las relaciones socioeconómicas que tiene lugar ante nuestros ojos, que pone en conmoción todas nuestras concepciones sobre el papel de la mujer en la vida social y destruye los fundamentos de la moral sexual burguesa, trae consigo dos hechos que a primera vista parecen contradictorios.

Por un lado, observamos los esfuerzos infatigables de la humanidad por adaptarse a las nuevas condiciones socioeconómicas cambiantes. Esto se manifiesta ya sea en un intento de conservar las “viejas formas”, dándoles un nuevo contenido (mantenimiento de la forma exterior del matrimonio indisoluble y monógamo, pero al mismo tiempo el reconocimiento de hecho de la libertad de los esposos), o, por el contrario, en la aceptación de nuevas formas que lleven en su interior, sin embargo, todos los elementos del código moral del matrimonio burgués (la unión libre en la que el derecho de propiedad de los dos esposos unidos “libremente” sobrepase los límites del derecho de propiedad del matrimonio legal).

Por otra parte, no podemos dejar de señalar la aparición lenta, pero constante, de nuevas formas de relaciones entre los sexos, que difieren de las formas externas tanto en la forma exterior como por el espíritu que anima sus normas vivificadoras.

La humanidad sondea con inquietud los nuevos ideales. Pero basta examinarlos un poco detenidamente para reconocer en ellos, a pesar de que sus límites no están todavía lo suficientemente marcados, los rasgos característicos merced a los cuales están estrechamente vinculados con las tareas del proletariado, como aquella clase social a la que le incumbe apoderarse de la fortaleza asediada del futuro. Quien quiera encontrar en el laberinto de las normas sexuales contradictorias los gérmenes de relaciones más sanas entre los sexos —que prometan liberar a la humanidad de la crisis sexual que atraviesa—, tiene necesariamente que abandonar las cultas estancias de la burguesía, con su refinada psicología individualista, y echar una ojeada a las habitaciones hacinadas de los obreros. Allí, en medio del horror y de la miseria causada por el capitalismo, entre lágrimas y maldiciones, surgen a pesar de todo manantiales vivificadores que se abren paso por la nueva senda.

Entre la clase obrera, bajo la presión de duras condiciones económicas, bajo el yugo implacable de la explotación del capital, se observa el doble proceso al que acabamos de referirnos. La influencia destructiva del capitalismo, que aniquila todos los fundamentos de la familia obrera, y obliga al proletariado a adaptarse “instintivamente” a las condiciones del mundo que le rodea, y provoca, por tanto, una serie de hechos en lo referente a las relaciones entre los sexos, análogos a los que se producen también en otras capas de la sociedad. Debido a los bajos salarios el obrero retrasa de manera continua e inevitable la edad de contraer matrimonio. Si hace veinte años un obrero podía casarse de los veintidós a los veinticinco años, hoy día no puede crear un hogar hasta los treinta años aproximadamente. Además, cuanto más desarrolladas están en el obrero las necesidades culturales, tanto más valora la posibilidad de seguir el ritmo de la vida cultural, de ir al teatro, de asistir a conferencias, leer periódicos,
consagrar el tiempo que el trabajo le deja libre a la lucha sindical, a la política, a una actividad por la que siente afición, al arte, a la lectura, etc., y más tarde tiende a casarse. Sin embargo, las necesidades físicas no tienen para nada en cuenta su situación financiera, son necesidades vitales de las que no se puede prescindir. El obrero “soltero”, lo mismo que el burgués “soltero”, resuelven su problema acudiendo a la prostitución. Este es un ejemplo de la adaptación pasiva de la clase obrera a las condiciones desfavorables de su existencia.

Tomemos otro ejemplo. Al casarse un obrero, y a causa del nivel tan bajo de los salarios, la nueva familia obrera se ve obligada a resolver el problema del nacimiento de los hijos de igual forma que lo hace la familia burguesa. La frecuencia de infanticidios y el aumento de la prostitución son dos son expresiones del mismo proceso. Ambos son ejemplos de adaptación pasiva del obrero a la espantosa realidad que le rodea. Pero lo que no hay que olvidar es que en estos procesos no hay nada que caracterice propiamente al proletariado. Esta adaptación pasiva es propia de todas las clases y sectores sociales que se ven envueltos en el proceso mundial de desarrollo del capitalismo.

La línea de diferenciación comienza precisamente cuando entran en juego los principios activos y creadores; la delimitación se marca allí donde no se trata ya de una adaptación, sino de una reacción frente a la realidad opresora. Comienza donde nacen y se expresan nuevos ideales, donde surgen tímidas tentativas de relaciones sexuales dotadas de un espíritu nuevo. Pero aún hay más: debemos señalar que este proceso de reacción se inicia únicamente entre la clase obrera.

Esto no quiere decir, en modo alguno, que las otras clases y capas de la sociedad, principalmente la de los intelectuales burgueses, que es la clase que por las condiciones de su existencia social se encuentra más cerca de la clase obrera, no se apoderen de estos elementos nuevos que el proletariado crea y desenvuelve. La burguesía, impulsada por el deseo instintivo de inyectar vida nueva a las formas agonizantes de la suya, y ante la impotencia de sus diversas formas de relaciones sexuales, aprende a toda prisa las formas nuevas que la clase obrera lleva consigo. Pero, desgraciadamente, ni los ideales, ni él código de moral sexual elaborados de un modo gradual por el proletariado corresponden a la esencia moral de las exigencias burguesas de clase. Por tanto, mientras la moral sexual, nacida de las necesidades de la clase obrera, se convierte para esta clase en un instrumento nuevo de lucha social, los “modernismos” de segunda mano que de esa moral deduce la burguesía, no hacen más que destruir de un modo definitivo las bases de su superioridad social.

El intento de los intelectuales burgueses de sustituir el matrimonio indisoluble por los lazos más libres, más fácilmente desligables del matrimonio civil, conmueve las bases de la estabilidad social de la burguesía, bases que no pueden ser otras que la familia monógama cimentada en el concepto de propiedad.

Todo lo contrario sucede en la clase obrera. Una mayor libertad en la unión entre los sexos, una menor consolidación de sus relaciones sexuales concuerda totalmente con las tareas fundamentales de esta clase social, y hasta podemos decir que se derivan directamente de estas tareas. Lo mismo sucede con la negación del concepto de subordinación en el matrimonio que rompe los últimos lazos artificiales de la familia burguesa. Todo lo contrario sucede en la clase proletaria. El factor de la subordinación de un miembro de esta clase social a otro al igual que el concepto de posesividad en las relaciones, tiene efectos nocivos sobre la mente del proletariado. A los intereses de la clase revolucionaria no les conviene en modo alguno “atar” a uno de sus miembros, puesto que a cada uno de sus representantes independientes le incumbe ante todo el deber de servir a los intereses de su clase y no los de una célula familiar aislada.

El deber del miembro de la sociedad proletaria es ante todo contribuir al triunfo de los intereses de su clase, por ejemplo, actuando en las huelgas, participando en todo momento en la lucha. La moral con que la clase trabajadora juzga todos estos actos caracteriza con perfecta claridad la base de la nueva moral proletaria.

Supongamos que un empresario, movido únicamente por intereses familiares, retira de los negocios su capital en un momento crítico para la empresa. Su acción, apreciada desde el punto de vista de la moral burguesa, no puede ser más clara, “porque los intereses de la familia deben figurar en primer lugar”. Comparemos ahora este juicio con la actitud de los obreros ante el rompehuelgas, que acude al trabajo durante el conflicto para que su familia no pase hambre. Los intereses de clase figuran en este ejemplo en primer lugar. Representemos ahora a un marido burgués que ha conseguido por su amor y devoción a la familia tener alejada a su mujer de todos sus intereses, a excepción de los deberes de ama de casa y de mujer consagrada por completo al cuidado de los hijos. El juicio de la sociedad burguesa será: “un marido ideal que ha sabido crear una familia ideal”.

Pero, ¿cuál sería la actitud de los obreros hacia un miembro consciente de su clase que intentase hacer que su mujer se apartase de la lucha social? La moral de la clase exige, a costa incluso de la felicidad individual, a costa de la familia, la participación de la mujer en la vida de lucha que transcurre fuera de los muros de su hogar. Atar a la mujer a la casa, colocar en primer plano los intereses familiares, propagar la idea de los derechos de la propiedad absoluta de un esposo sobre su mujer, son actos que violan el principio fundamental de la ideología de la clase obrera, que destruyen la solidaridad y el compañerismo y que rompen las cadenas que unen a todo el proletariado. El concepto de posesión de una personalidad por otra, la idea de la subordinación y de la desigualdad de los miembros de una sola y misma clase, son conceptos contrarios a la esencia del concepto de camaradería, que es el principio proletario más fundamental.

Este principio básico de la ideología de la clase ascendente es el que da colorido y determina el nuevo código en formación de la moral sexual del proletariado, merced al cual se transforma la psicología de la humanidad y llega a adquirir una acumulación de sentimientos de solidaridad y de libertad, en vez del concepto de la propiedad, una acumulación de compañerismo en vez de los conceptos de desigualdad y de subordinación.

Es una vieja verdad la que establece que toda nueva clase ascendente, nacida como consecuencia de una cultura material distinta de la del grado precedente de la evolución económica, enriquece a toda la humanidad con la ideología nueva característica de esta clase. El código de la moral sexual constituye una parte integrante de la nueva ideología. Por tanto, basta pronunciar los términos “ética proletaria” y “moral sexual proletaria” para escapar de la trivial argumentación: la moral sexual proletaria no es en el fondo más que “superestructura”, mientras no se experimente la total transformación de la base económica de la sociedad, no puede haber lugar para ella. ¡Como si una ideología, sea del género que fuere, no se formase hasta que se hubiera producido la transformación de las relaciones socioeconómicas necesarias para asegurar el dominio de la clase de que se trate! La experiencia de la historia enseña que la elaboración de la ideología de un grupo social, y consecuentemente de la moral sexual también, se realiza durante el proceso mismo de la lucha de este grupo contra las fuerzas sociales adversas.

Esta clase de lucha sólo puede fortalecer su posición social con la ayuda de nuevos valores espirituales sacados de su propio seno, y que respondan totalmente a sus tareas como clase ascendente. Sólo mediante estas normas e ideales nuevos puede esta clase arrebatar el poder a los grupos sociales contrarios.

La tarea que corresponde, por tanto, a los ideólogos de la clase obrera es buscar el criterio moral fundamental, producto de los intereses específicos de la clase obrera y armonizar con este criterio las nacientes normas sexuales.

Ya es hora de comprender que únicamente después de haber tanteado el proceso creador que se realiza allá abajo, en las profundas capas sociales, proceso que engendra necesidades nuevas, nuevos ideales y formas, será posible vislumbrar el camino en el caos contradictorio de las relaciones sexuales y desenmarañar la enredada madeja del problema sexual.

Debemos recordar que el código de la moral sexual, en armonía con las tareas fundamentales de la clase obrera, puede convertirse en poderoso instrumento que refuerce la posición de lucha de la clase ascendente. ¿Por qué no servirse de este instrumento, en interés de la clase obrera, en su lucha por el establecimiento de un sistema comunista y, a la vez también, por establecer nuevas relaciones entre los sexos, que sean más perfectas y felices?

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Alejandra Kollontai

domingo, 9 de octubre de 2011

las Relaciones Sexuales y la lucha de clases (Primera Entrega)


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Entre los múltiples problemas que perturban la inteligencia y el corazón de la humanidad, el problema sexual ocupa indiscutiblemente uno de los primeros puestos. No hay una sola nación, un solo pueblo en el que la cuestión de las relaciones entre los sexos no adquiera de día en día un carácter más violento y doloroso. La humanidad contemporánea atraviesa por una crisis sexual aguda en la forma, una crisis que se prolonga y que, por tanto, es mucho más grave y más difícil de resolver.

En todo el curso de la historia de la humanidad no encontraremos seguramente otra época en la que los problemas sexuales hayan ocupado en la vida de la sociedad un lugar tan importante, otra época en la que las relaciones sexuales hayan acaparado, como por arte de magia, las miradas atormentadas de millones de personas. En nuestra época, más que en ninguna otra de la historia, los dramas sexuales constituyen fuente inagotable de inspiración para artistas de todos los géneros del arte.

Como la terrible crisis sexual se prolonga, su carácter crónico adquiere mayor gravedad y más insoluble nos parece la situación presente. Por esto la humanidad contemporánea se arroja anhelante sobre todos los medios que hacen entrever una posible solución del problema “maldito”. Pero a cada nueva tentativa de solución se complica más el enmarañado complejo de las relaciones entre los sexos, y parece como si fuera imposible descubrir el único hilo que nos ha de servir para desenredar el compacto nudo. La humanidad, atemorizada, se precipita desde un extremo al otro; pero el círculo mágico de la cuestión sexual permanece cerrado tan herméticamente como antes.

Los elementos conservadores de la sociedad llegan a la conclusión de que es imprescindible volver a los felices tiempos pasados, restablecer las viejas costumbres familiares, dar nuevo impulso a las normas tradicionales de la moral sexual. “Es preciso destruir todas las prohibiciones hipócritas prescritas por el código de la moral sexual corriente. Ha llegado el momento de arrojar a un lado ese vejestorio inútil e incómodo… La conciencia individual, la voluntad individual de cada ser es el único legislador en una cuestión de carácter tan íntimo”, se oye afirmar entre las filas del campo individualista burgués. “La solución de los problemas sexuales sólo podrá hallarse en el establecimiento de un orden social y económico nuevo, con una transformación fundamental de nuestra sociedad actual”, afirman los socialistas. Pero precisamente este esperar en el mañana, ¿no indica también que nosotros tampoco hemos logrado apoderarnos del “hilo conductor”? ¿No deberíamos encontrar o al menos localizar este “hilo conductor” que promete desenredar el nudo? ¿No deberíamos encontrarlo ahora, en este mismo momento? El camino que debemos seguir en esta investigación nos lo ofrece la historia misma de las sociedades humanas, nos lo ofrece la historia de la lucha ininterrumpida de las clases y de los diversos grupos sociales, opuestos por sus intereses y sus tendencias.

No es la primera vez que la humanidad atraviesa un período de crisis sexual aguda. No es la primera vez que las al parecer firmes y claras prescripciones de la moral al uso, en el campo de las relaciones sexuales, han sido destruidas por el aflujo de la corriente de nuevos valores e ideales sociales. La humanidad ha pasado por una época de “crisis sexual” verdaderamente aguda durante los períodos del Renacimiento y la Reforma, en el momento en que un formidable avance social relegaba a un segundo término a la aristocracia feudal, orgullosa de su nobleza, acostumbrada al dominio absoluto, y en su lugar se asentaba una nueva fuerza social, la burguesía ascendente, que crecía y se desarrollaba cada vez con mayor impulso y poder.

La moralidad sexual del mundo feudal se había desarrollado a partir de las profundidades de la “forma de vida tribal”: la economía colectiva y el liderazgo autoritario tribal que reprimía la voluntad individual de cada miembro. El viejo código moral chocaba con el nuevo código moral de principios opuestos que imponía la clase burguesa en ascenso. La moral sexual de la nueva burguesía estaba basada en principios radicalmente opuestos a los principios morales más esenciales del código feudal. El estricto individualismo y la exclusividad y el aislamiento de la “familia nuclear” sustituyen al énfasis en el “trabajo colectivo” que fue característico de la estructura económica tanto local como regional de la vida ancestral. Los últimos vestigios de ideas comunales propias, hasta cierto punto, de todas las formas de vida tribal fueron barridos por el principio de “competencia” bajo el capitalismo, por los principios triunfantes del individualismo y de la propiedad privada individualizada, aislada.

La humanidad, perdida durante el proceso de transición, titubeó durante todo un siglo entre los dos códigos sexuales de espíritu tan diverso, ansiosa de adaptarse a la situación, hasta el momento en que el laboratorio de la vida transformó las viejas normas en un molde nuevo y logró, cuando menos, una armonía en la forma, una solución en cuanto a su aspecto externo.

Pero durante esta época de transición, tan viva y llena de colorido, la crisis sexual, a pesar de revestir un carácter de gravedad, no se presentó en una forma tan grave y amenazadora como en nuestros tiempos. La principal razón de esto estriba en que durante los gloriosos días del Renacimiento, en la “nueva era” en la que la brillante luz de una nueva cultura espiritual inundó el moribundo mundo con sus vivos colores, inundó la vacía y monótona vida de la Edad Media, la crisis sexual sólo la experimentó una parte relativamente reducida de la sociedad. La capa social más considerable de la época, desde el punto de vista cuantitativo, el campesinado, no sufrió las consecuencias de la crisis sexual más que de una manera indirecta, cuando, lentamente, con el transcurso de los siglos, se transformaban las bases económicas en que estaba fundada esta clase social, es decir, únicamente en la medida en que evolucionaban las relaciones económicas del campo.

Las dos tendencias opuestas luchaban en las capas superiores de la sociedad. Allí era donde se enfrentaban los ideales y las normas de dos concepciones diferentes de la sociedad, y donde precisamente la crisis sexual, cada vez más grave y amenazadora, se apoderaba de sus víctimas. Los campesinos, reacios a toda innovación, clase apegada a sus principios, continuaban apoyándose en las viejas columnas de las tradiciones ancestrales, y no se transformaba, no dulcificaba ni adaptaba a las nuevas condiciones de su vida económica el código inconmovible de la moral sexual tradicional más que bajo la presión de una gran necesidad. La crisis sexual durante la época de lucha aguda entre el mundo burgués naciente y el mundo feudal no afectó a la “clase tributaria”.

Es más, mientras los estratos superiores de la sociedad rompían los viejos hábitos, la clase campesina se aferraba con mayor fuerza a sus ancestrales tradiciones. A pesar de todas las tempestades que se desencadenaban sobre su cabeza, que conmovían hasta el suelo que pisaba, la clase campesina en general, y particularmente los campesinos rusos, lograron conservar durante siglos y siglos, en su forma primitiva, los principios esenciales de su código moral sexual.

El problema de nuestra época presenta un aspecto totalmente distinto. La crisis sexual de nuestra época no perdona siquiera a la clase campesina. Como una enfermedad infecciosa, no reconoce “ni grados ni rangos”. Se extiende desde los palacios y mansiones hasta los barrios obreros más concurridos, entra en los apacibles hogares de la pequeña burguesía, y se abre camino hasta la miserable y solitaria aldea rusa. Elige sus víctimas lo mismo entre los habitantes de las mansiones de la burguesía europea, que en los húmedos sótanos donde se hacina la familia obrera y en la choza ahumada del campesino. Para la crisis sexual no hay “obstáculos ni cerrojos”. Es un profundo error creer que la crisis sexual sólo alcanza a los representantes de las clases que tienen una posición económica materialmente asegurada. La indefinida inquietud de la crisis sexual franquea cada vez con mayor frecuencia el umbral de las habitaciones obreras, y causa allí tristes dramas que por su intensidad dolorosa no tienen nada que envidiar a los conflictos psicológicos del “exquisito” mundo burgués.

Pero precisamente porque la crisis sexual no ataca sólo a los intereses de “quienes todo lo poseen”, precisamente porque estos problemas sexuales afectan también a una clase social tan extensa como el proletariado de nuestros tiempos, es incomprensible e imperdonable que esta cuestión vital, esencialmente violenta y trágica, sea considerada con tanta indiferencia. Entre las múltiples consignas fundamentales que la clase obrera debe tener en cuenta en su lucha para la conquista de la sociedad futura, tiene que incluirse necesariamente la de establecer relaciones sexuales más sanas y que, por tanto, hagan más feliz a la humanidad.

Es imperdonable nuestra actitud de indiferencia ante una de las tareas esenciales de la clase obrera. Es inexplicable e injustificable que el vital problema sexual se relegue hipócritamente al casillero de las cuestiones “puramente privadas”. ¿Por qué negamos a este problema el auxilio de la energía y de la atención de la colectividad? Las relaciones entre los sexos y la elaboración de un código sexual que rija estas relaciones aparecen en la historia de la humanidad, de una manera invariable, como uno de los factores esenciales de la lucha social. Nada más cierto que la influencia fundamental y decisiva de las relaciones sexuales de un grupo social determinado en el resultado de la lucha de esta clase con otra de intereses opuestos.

El drama de la sociedad actual es tan desesperado porque mientras ante nuestros ojos vemos cómo se desmoronan las formas corrientes de unión sexual y cómo son desechados los principios que las regían, desde las capas más bajas de la sociedad se alzan frescos aromas desconocidos que nos hacen concebir esperanzas risueñas sobre una nueva forma de vida, y llenan el alma humana con la nostalgia de ideales futuros, pero cuya realización no parece posible. Somos personas que vivimos en un mundo caracterizado por el dominio de la propiedad capitalista, un mundo de agudas contradicciones de clase e imbuidos de una moral individualista. Aún vivimos y pensamos bajo el funesto signo de un inevitable aislamiento espiritual. La terrible soledad que cada persona siente en las inmensas ciudades populosas, en las ciudades modernas, tan bulliciosas y tentadoras; la soledad, que no disipa la compañía de amigos y compañeros, es la que empuja a las personas a buscar, con avidez malsana, a su ilusoria “alma gemela” en un ser del sexo contrario, puesto que sólo el amor posee el mágico poder de ahuyentar, aunque sólo sea momentáneamente, las tinieblas de la soledad.

En ninguna otra época de la historia ha sentido la gente con tanta intensidad como en la nuestra la soledad espiritual. No podría ser de otra manera. La noche es mucho más impenetrable cuando a lo lejos vemos brillar una luz.

Las personas individualistas de nuestra época, unidas por débiles lazos a la comunidad o a otras individualidades, ven ya brillar en la lejanía una nueva luz: la transformación de las relaciones sexuales mediante la sustitución del ciego factor fisiológico por el nuevo factor creador de la solidaridad, de la camaradería. La moral de la propiedad individualista de nuestros tiempos empieza a ahogar a las personas. El hombre contemporáneo no se contenta criticando la calidad de las relaciones entre los sexos, negando las formas exteriores prescritas por el código de la moral corriente. Su alma solitaria anhela la renovación de la esencia misma de las relaciones sexuales, desea ardientemente encontrar el “amor verdadero”, esa gran fuerza confortadora y creativa que es la única que puede ahuyentar el frío fantasma de la soledad que padecen los individualistas contemporáneos.

Si es cierto que la crisis sexual está condicionada en sus tres cuartas partes por relaciones externas de carácter socioeconómico, no es menos cierto que la otra cuarta parte de su intensidad es debida a nuestra refinada psicología individualista, que con tanto cuidado ha cultivado la ideología burguesa dominante. La humanidad contemporánea, como dice acertadamente la escritora alemana Meisel-Hess, es muy pobre en “potencial de amor”. Cada uno de los sexos busca al otro con la única esperanza de lograr la mayor satisfacción posible de placeres espirituales y físicos para sí, utilizando como medio al otro. El amante o el novio no piensan para nada en los sentimientos, en la labor psicológica que se efectúa en el alma de la persona amada.

Quizá no haya ninguna otra relación humana como las relaciones entre los sexos en la que se manifieste con tanta intensidad el individualismo grosero que caracteriza nuestra época. Absurdamente se imagina la persona que para escapar de la soledad moral que le rodea le basta con amar, con exigir sus derechos sobre otra alma. Únicamente así espera obtener esa rara dicha: la armonía de la afinidad moral y la comprensión entre dos seres. Nosotros, los individualistas, hemos echado a perder nuestras emociones por el constante culto de nuestro “yo”. Creemos todavía que podemos conquistar sin ningún sacrificio la mayor de las dichas humanas, el “amor verdadero”, no sólo para nosotros, sino también para nuestros semejantes. Creemos lograr esto sin tener que dar, en cambio, los tesoros de nuestra propia alma.

Pretendemos conquistar la totalidad del alma del ser amado, pero, en cambio, somos incapaces de respetar la fórmula de amor más sencilla: acercarnos al alma de otro dispuestos a guardarle todo género de consideraciones. Esta sencilla fórmula nos será únicamente inculcada por las nuevas relaciones entre los sexos, relaciones que ya han comenzado a manifestarse y que están basadas en dos principios nuevos también: libertad absoluta, por un lado, e igualdad y verdadera solidaridad como entre compañeros, por otro. Sin embargo, por el momento, la humanidad tiene que sufrir todavía el frío de la soledad espiritual, y no le queda más remedio que soñar con una época mejor en la que todas las relaciones humanas se caractericen por sentimientos de solidaridad, que podrán ser posibles a causa de las nuevas condiciones de la existencia.

La crisis sexual no puede resolverse sin una transformación fundamental de la psicología humana, sólo puede ser vencida por la acumulación de “potencial de amor”. Pero esta transformación psíquica depende en absoluto de la reorganización fundamental de nuestras relaciones socioeconómicas sobre una base comunista. Si rechazamos esta “vieja verdad”, el problema sexual no tiene solución.

A pesar de todas las formas de unión sexual que ensaya la humanidad presente, la crisis sexual no se resuelve en ningún sitio.

No se han conocido en ninguna época de la historia tantas formas diversas de unión entre los sexos. Matrimonios indisolubles, con una familia firmemente constituida, y a su lado la unión libre pasajera; el adulterio conservado en el mayor secreto, al lado del matrimonio y de la vida en común de una muchacha soltera con su amante; el matrimonio “por la iglesia”, el matrimonio de dos y el matrimonio “de tres”, e incluso hasta la forma complicada del “matrimonio de cuatro”, sin contar las múltiples variantes de la prostitución. Al lado de estas formas de unión, entre los campesinos y la pequeña burguesía encontramos vestigios de las viejas costumbres tribales, mezclados con los principios en descomposición de la familia burguesa e individualista, la vergüenza del adulterio, la vida marital entre el suegro y la nuera y la libertad absoluta para la joven soltera. Siempre la misma “moral doble”.

Las formas actuales de unión entre los sexos son contradictorias y embrolladas, de tal modo que uno se ve obligado a interrogarse cómo es posible que el hombre que ha conservado en su alma la fe en la firmeza de los principios morales pueda continuar admitiendo estas contradicciones y salvar estos criterios morales irreconciliables, que necesariamente se destruyen el uno al otro. Tampoco resuelve la cuestión la justificación que se oye corrientemente: “Yo vivo conforme a los principios de una moral nueva”, puesto que esta “nueva moral” se encuentra todavía en proceso de formación. Precisamente la labor a realizar consiste en hacer que surja esta nueva moral, hay que extraer de entre el caos de las actuales normas sexuales contradictorias la forma, y aclarar los principios, de una moralidad que corresponda al espíritu de la clase revolucionaria ascendente.

Además del extremado individualismo, defecto fundamental de la psicología de la época actual, de un egocentrismo erigido en culto, la crisis sexual se agrava mucho más con otros dos factores de la psicología contemporánea: la idea del derecho de propiedad de un ser sobre el otro y el prejuicio secular de la desigualdad entre los sexos en todas las esferas de la vida, incluida la esfera sexual.

La moralidad burguesa, con su familia individualista encerrada en sí misma basada completamente en la propiedad privada, ha cultivado con esmero la idea de que un compañero debería “poseer” completamente al otro. La burguesía ha logrado a la perfección la inoculación de esta idea en la psicología humana. El concepto de propiedad dentro del matrimonio va hoy día mucho más allá que el concepto de la propiedad en las relaciones sexuales del código aristocrático. En el curso del largo período histórico que transcurrió bajo los auspicios de la “tribu”, la idea de la posesión de la mujer por el marido —la mujer carecía de derechos de propiedad sobre el marido— no se extendía más allá de la posesión física. La esposa estaba obligada a guardar al marido fidelidad física, pero su alma no le pertenecía en absoluto.

Los caballeros de la Edad Media llegaban incluso a reconocer a sus esposas el derecho de tener adoradores platónicos y a recibir el testimonio de esta adoración de caballeros y menestrales. El ideal de la posesión absoluta, de la posesión no sólo del “yo” físico, sino también del “yo” espiritual por parte del esposo, del ideal que admite una reivindicación de derechos de propiedad sobre el mundo espiritual y emocional del ser amado es un ideal que se ha formado totalmente, y que ha sido cultivado igualmente por la burguesía con el fin de reforzar los fundamentos de la familia, para asegurarse su estabilidad y su fuerza durante el período de lucha para la conquista de su predominio social. Este ideal no sólo lo hemos aceptado como herencia, sino que llegamos incluso a pretender que sea considerado “como un imperativo” moral indestructible.

La idea de propiedad se extiende mucho más allá del matrimonio legal. Es un factor inevitable que penetra hasta en la unión amorosa más “libre”. Los amantes de nuestra época, a pesar de su respeto “teórico” por la libertad, sólo se satisfacen con la conciencia de la fidelidad psicológica de la persona amada. Con el fin de ahuyentar de nosotros el fantasma amenazador de la soledad, penetramos de una manera violenta en el alma del ser “amado” con una crueldad y una falta de delicadeza que sería incomprensible a la humanidad futura. De la misma manera pretendemos hacer valer nuestros derechos sobre su “yo” espiritual más íntimo. El amante contemporáneo está dispuesto a perdonar más fácilmente al ser querido una infidelidad física que una infidelidad moral, y pretende que le pertenece cada partícula del alma de la persona amada, que se extiende más allá de los límites de su unión libre. Considera cualquier sentimiento experimentado fuera de los límites de la relación libre como un despilfarro, como un robo imperdonable de tesoros que le pertenecían exclusivamente y, por tanto, como un espolio cometido a sus expensas.

El mismo origen tiene la absurda indelicadeza que cometen constantemente dos amantes con respecto a una tercera persona. Todos hemos tenido ocasión de observar un hecho curioso que se repite continuamente. Dos amantes que apenas han tenido tiempo de conocerse en sus relaciones mutuas se apresuran a establecer sus derechos sobre las relaciones personales anteriores del otro y a intervenir en lo más sagrado y más íntimo de su vida. Dos seres que ayer eran extraños el uno para el otro, hoy, únicamente porque les unen sensaciones eróticas comunes, se apresuran a poner la mano sobre el alma del otro, a disponer del alma desconocida y misteriosa sobre la cual ha grabado el pasado imágenes imborrables y a instalarse en su interior como si estuvieran en su propia casa.

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* Por Alejandra Kollontai

sábado, 3 de septiembre de 2011

El Laberinto del Malestar Trans y La Complejidad de la Transformación Social (Ultima Entrega)

ii) La posibilidad de “desplazar” el malestar/padecimiento de género.

Decir que el malestar y el padecimiento, producidos por sociedades normativas de género y transfóbicas como la nuestra, es subjetivo, particular y situado, quiere decir que se puede desplazar, transformar, reducir y cambiar puesto que no tiene ninguna esencia ni necesidad de ser, sino que es el producto de unas relaciones sociales y de poder, de un contexto social y de una historia particular y contingente. Así, una condición previa para el desplazamiento del malestar de género es su visibilización (empresa a la que se dedica intensamente y brillantemente este libro) primero social, pero también individual y subjetiva, que necesariamente desemboca en un proceso de transformación cultural, subjetiva e intersubjetiva; eso un proceso lento para los tiempos que corren, en el que los ritmos son heterogéneos.

Este cambio o transformación no se puede hacer solo de manera individual, por voluntad propia, o de forma cognitivo-racional-ideológica, sino que ha ser un proceso conjunto y colectivo, en el que los afectos, las relaciones sociales y los vínculos, además de la reflexión analítica crítica son básicos, debido a nuestra necesidad como seres sociales de reconocimiento por parte del otro (y más cuando sufrimos una situación parecida…) por el hecho de ser constituidos socialmente; es nuestra vulnerabilidad como seres sociales. Además, la naturaleza de esta transformación será un proceso caracterizado por cierta tensión y contradicción, entre lo que espera la norma social de género dominante de nosotr@s y lo que queremos y podemos nosotr@s construir en su lugar. En este sentido, lo importante no será la coherencia interna (que es un efecto de control social), ni la armonía (que es un efecto publicitario de la cultura hedonista actual) sino la consistencia y la capacidad de escucharse a si mism@ y a los otr@s, entender la situación en la que se está y decidir ante ella (en términos de relaciones de poder y agencia) en cada contexto preciso, tolerando las propias necesidades de reconocimiento y asumiendo las propias fuerzas de cambio, en un@ mism@ y en l@s otr@s. Ni que decir tiene que todo esto es mucho más fácil en la teoría que en la práctica, pero esto no quita que sea una buena fórmula, como pone de manifiesto claramente el libro que presentamos.

Trabajar por esta transformación social y subjetiva en estas condiciones requiere de recursos heterogéneos y de análisis complejos en términos de comunicación, intervención, comprensión de la subjetividad, acción colectiva y capacidad de análisis crítico. Recursos y análisis que apenas en los últimos años, estamos empezando a producir en relación a las cuestiones trans, publicando sobre el tema, debatiéndolo sin prejuicios, agrupando personas heterogéneas para hacerlo, sin protegernos en nuestro pequeño grupo autocomplaciente, cambiando leyes y viendo lo que genera, y siendo tolerantes con nuestra vivencia pero al mismo tiempo sin absolutizarla ni hacerla universal. El Género desordenado, como producto, constituye el resultado pionero de multitud de estas innovaciones.

Este libro es una herramienta muy valiosa para ayudar a aproximar voluntades y deseos (para que anden más a la par…) a partir de la construcción del diálogo que se propone (complejo y difícil porque tiene que articular ideología y necesidades particulares y situadas) entre experiencias, percepciones y posiciones heterogéneas, lo cual puede permitir aperturas, reconocimiento y transformaciones en personas que han sufrido grados amplios de no reconocimiento. Por ello queremos plantear la cuestión siguiente: ¿lo más importante en un movimiento social es el resultado o la demanda final unívoca...o más bien, es el proceso de reconocimiento mutuo que este posibilita (y creemos debería posibilitar al máximo) reconociendo una pluralidad de demandas para que éste sea factible? Pluralidad de demandas que se deberían poder articular, a corto plazo, de una manera pragmática ante la sociedad, y traducir a largo plazo en una demanda articulada más utópica, como puede serlo la despatologización total de la transexualidad que el libro plantea.

Por otro lado, este libro proporciona pistas sustanciales (en su forma y contenido) para ir respondiendo a preguntas complicadas que lo atraviesan, como por ejemplo:

i) ¿Cómo podemos hacer participar al sujeto “generizado” en la transformación de un problema social, que a veces, ni siquiera siente que tiene? (¡Pregunta muy difícil pero abordable!) concienciación, cultura crítica, movimientos sociales abiertos y con capacidad de autocrítica que prioricen el reconocimiento mutuo, etc.

ii) ¿Cómo se construye, y qué quiere decir en cada caso y contexto, una “vida mejor” en términos de libertad, reconocimiento y consideración del otro (una vida vivible e inteligible en palabras de Judith Butler)?

Parece que asegurar la participación de todo el mundo sólo se puede hacer interviniendo en la condición social y cultural de las personas, y proporcionando o facilitando el máximo de recursos posibles (de información, sociales, afectivos, etc.) para que cada cual pueda realmente escucharse, reflexionar, conversar, decidir y actuar en consecuencia.

Pero sabemos que aunque nos dirijamos a todo el mundo con los mismos recursos como hace este libro (¡si esto fuera posible en la práctica!) la tolerancia, la vulnerabilidad y la capacidad de cada cual por transformar y desplazar su propio malestar en relación al género normativo será diferente, puesto que depende de su historia personal y de la fortaleza consecuente, del contexto y las condiciones sociales actuales, en este sentido, los recursos también deben ser heterogéneos. Es por ello que igual hemos de asumir que la lucha del movimiento social en este momento será heterogénea en cuanto a demandas sociales concretas pero puede converger más en cuando al análisis y la utopía a la que se tienda, sin

confundir los dos niveles. La idea de un colectivo homogéneo es quimérica ahora mismo, pero lo que sí debería ser posible es poder tratar y dialogar con las diferencias dentro del movimiento social, y desde todas las posiciones. Este es precisamente el camino que este libro inicia de manera pionera en nuestro estado…, al menos desde la posición de la despatologización…, esperemos ahora también la apertura al diálogo desde las otras posiciones del movimiento…para poder seguir pensando, moviéndonos…y transformando el mundo y a nosotr@s mism@s...

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Butler, Judith (1997/1998). Mecanismos psíquicos del poder. Valencia: Cátedra.

viernes, 2 de septiembre de 2011

El Laberinto del Malestar Trans y La Complejidad de la Transformación Social (Segunda Entrega)

La dimensión “subjetiva” del malestar de género

Si tomamos en cuenta esta dimensión subjetiva (del malestar de género y/o trans) nos podemos encontrar con la paradoja de querer introducir cambios en la sociedad y en nosotros mismos, para reducir el padecimiento humano vinculado a las exclusiones que el MODELO NORMATIVO DE GÉNERO produce (discriminación, maltrato, marginación, opresión, violencia médica, estigmatización, autoprejuicios, medicalización, etc.) y hacerlo con un coste de dolor/padecimiento tan alto y continuado que suponga un grado de padecimiento igual o superior al que queremos combatir (ejemplos: operaciones quirúrgicas muy complejas y cronificadas para cambiar de sexo, defensa de posturas maniqueistas y radicalizadas a partir de posturas enfrentadas que no pueden dialogar, no contextualización de las demandas y/o propuestas de cambio, dogmatismo, miedo a la diferencia en el interior de los colectivos sociales, etc.).

¿Tiene esto algún sentido? parece que no, si tomamos una perspectiva ética además de una política. Surge entonces un PROBLEMA NUEVO a pensar ¿cómo gestionar la dimensión subjetiva del padecimiento o malestar en el marco de los movimientos sociales y la transformación social? Problema que como mínimo implica dos cosas:

a) Lo que denominamos malestar o padecimiento de género tiene una dimensión subjetiva y heterogénea y no es objetivo ni universal y b) esta condición anterior tiene dos consecuencias muy importantes: i) la posibilidad de negar el malestar y ii) fruto de esta primera consecuencia, surge la dificultad de transformar dicho malestar de manera efectiva y común. Vamos a explicarnos poniendo algunos ejemplos ficticios de voces, pero inspirados en estudios empíricos reales consultados.

i) La posibilidad de la “negación” del malestar/padecimiento de género

Si el malestar es subjetivo, es algo que puede ser negado fenomenológicamente. Pero como mínimo habría 2 maneras diferentes de hacerlo: a) mediante “la construcción de una coherencia identitaria discursiva”, o b) mediante “dejarse llevar por las necesidades sentidas del aquí y ahora, sin elaboración crítica de éstas”.

Expresiones que ilustran la primera manera serían: “ser gay nunca me ha hecho sufrir... me siento bien así...”, “soy muy feliz siendo hetero...”, “la operación de sexo me permitió volver a nacer, soy otra persona... desde entonces..”, “la identidad transexual me ha dado un sentido personal en el mundo”, “supe que era una mujer maltratada cuando me lo dijeron en una asociación de mujeres, antes de ello creía que estaba bien”, etc.

Son discursos que ponen en primer lugar, la voluntad, frente los afectos o necesidades (como probablemente diría Gerard Coll-Planas uno de los editores del libro) y al mismo tiempo la búsqueda y afirmación de una identidad coherente, dejando de lado mediante una naturalización las dificultades y padecimientos asociadas a esta voluntad y afirmación de identidad, y también sus ambivalencias y contradicciones. Pero también se dan expresiones a la inversa (que serían una segunda manera de negación del malestar) basadas en “el dejarse llevar por las necesidades vividas” por ejemplo cuando alguien dice que “su necesidad vital es operarse y cambiarse de sexo, pase lo que pase… ¡prefiere arriesgar su integridad física a vivir así!” prioriza su necesidad o deseo, sometiéndose sin poder decidir, ni relativizar o desplazar determinados sentimientos.

Empezaremos refiriéndonos a esta afirmación anterior (centrada en la necesitad/deseo). Respecto a ella, podríamos decir a la vez que “es verdad” (¡sin el menor asomo de duda!) pero también que “no lo es del todo”, por aquello que la norma habla por nosotros más que hablar nosotros mismos, como han planteado Foucault y Butler) y por lo tanto, que hace falta trabajar por el desplazamiento/cambio de ciertas necesidades, que se viven como absolutas, propias e inalienables, y a la vez, por el reconocimiento de otras posibilidades diferentes que son invisibles, debido a nuestra sujeción primaria al orden social dominante.

Y seguimos, aludiendo a las afirmaciones de más arriba, referidas la primera manera de negar el malestar (centradas en la voluntad y afirmación de una identidad coherente) que por supuesto, también “son verdad”, y “no lo son” a la vez, porque muchas veces denotan una desconexión de las emociones y los afectos. Afectos provocados por la violencia que ejercen las normas de género sobre nuestros cuerpos y subjetividades en nuestra sociedad transfóbica, homofóbica, y patriarcal, de los que desconectamos a favor de una racionalización de la experiencia. Desconexión que, por otra parte, habitualmente acaba pasando factura y que no implica que no haya padecimiento, sino que lo hace emerger de una manera más indirecta, abrupta y difícil de descifrar (mediante enfermedades físicas y somáticas, dolor crónico, cáncer, etc... o padecimiento mental excesivo, intentos de suicidio, depresiones graves, autoagresiones, etc...). Esta es la razón por la cual hace falta intervenir de alguna manera en el asunto, pero como el recurso autoritario nunca es de recibo, hará falta trabajar en la línea de contar con la participación del sujeto implicado, surgida fruto de la voluntad y el deseo de transformarse a si mismo y de transformar el mundo.

La voluntad y los deseos, no tendrían que ir por caminos totalmente separados, porque esto nos hace más vulnerables, pero en situaciones sociales difíciles como es la del colectivo trans en el momento actual, muchas veces se da dicha separación, fruto de la situación. Aproximar la voluntad y el deseo, implica hablar del ejercicio de prácticas de libertad en el sentido de Foucault, necesarias para que se den procesos de transformación social y subjetiva.

La tensión entre la voluntad y el deseo es continua y necesaria para la vida social (seamos o no conscientes de ello, debido a nuestra naturaleza de seres sociales) pero cuando ésta se transforma en polaridad y disociación, puede conducir a la absolutización de sus polos, lo que genera una fuente de padecimiento igual o superior al malestar o padecimiento que queremos combatir (relacionado con la discriminación y exclusión sociales de la diversidad y las diferencias humanas sexuales padecido por el colectivo trans), por lo tanto se convierte en una herramienta ineficaz para nuestros propósitos. Serian ejemplos de esta polaridad y disociación, la ruptura total del diálogo o el inicio de exclusiones mutuas, al interior del movimiento social trans, o el cultivo de la ignorancia sobre la existencia, y la incomprensión de las razones, de la heterogeneidad dentro del movimiento social trans.

Dada la heterogeneidad del movimiento social trans, en el aquí y ahora, deberíamos intentar no cerrarnos en un ideal abstracto y deseable como lo puede ser la despatologización a pesar de su gran atractivo (confundiendo el lugar de llegada con el lugar de partida) ni tampoco obstinarnos en convertir en verdad absoluta las necesidades imperiosas del aquí y ahora contingentes, como lo puede ser la necesidad vital de una coherencia entre el sexo y el género al coste que sea (confundiendo el lugar de partida con el lugar de llegada). Es decir, no confundir deseo y realidad y asumir que la realidad contemporánea es mucho más compleja, heterogénea y terca del que nos gustaría, pese a estar producida socio-históricamente.

jueves, 1 de septiembre de 2011

El Laberinto del Malestar Trans y La Complejidad de la Transformación Social (Primera Entrega)

Por Margot Pujal i Llombart

La transexualidad en nuestra sociedad está construida de forma mayoritaria a partir de las voces disciplinarias de la medicina y la psiquiatría, construyendo desde ahí la opinión pública experta en relación al asunto. Como contrapunto y re-equilibrio democrático de voces en la construcción pública de esta realidad, el Género desordenado recopila las otras voces implicadas en el asunto: profesionales de la salud con una mirada crítica, testimonios trans en primera persona, académic@s de las ciencias sociales que analizan la relación de la salud con la condición social de las personas, e instituciones internacionales que se han pronunciado al respecto, y sobretodo las voces del movimiento social trans que está reflexionando sobre su situación actual, contradicciones y dificultades, así como la relación con otros movimientos sociales afines como el feminista y gay-lesbiano.

En este sentido, las voces de la medicina y la psiquiatría han construido, con más o menos matices, la transexualidad de forma unidireccional como un “trastorno mental que requiere tratamiento psiquiátrico”.

Frente a dicha construcción, la pluralidad de voces que re-construyen la cuestión con un mayor alcance en este libro, problematizan dicha construcción al considerarla reduccionista y sesgada. Así, la temática de este brillante y comprometido libro editado por Miquel Missé y Gerard Coll-Planas, es la cuestión de la transexualidad como un fenómeno relacionado con el poder, el cuestionamiento de las normas sociales de género binario que nuestra sociedad ha naturalizado e institucionalizado en la modernidad; y a su vez, la visibilización de los procesos psicosociales que acompañan cualquier proceso de cuestionamiento de normas sociales (miedo, sujeción, conformismo, uniformidad, obediencia, influencia, estigma, prejuicio, discriminación, resistencia, subversión, psicologización y patologización, etc.) los cuales se desarrollan plenamente en el caso de la desnaturalización de las identidades normativas de género que la transexualidad pone de relieve. A través de este libro, en la construcción de la topografía de esta cuestión en el momento actual, han intervenido múltiples actores y miradas, con distintos papeles en relación a la temática, por lo que el libro está conformado por quince capítulos organizados en tres partes: una primera en la que se da cuenta del impacto de lo social sobre los cuerpos y la sexualidades, la segunda en la que se pone de manifiesto la necesaria reflexividad y autocrítica de los profesionales de la salud que trabajan en esta cuestión en relación a sus propios prejuicios, así como la necesidad de ampliar lo profesional a psicologías no ‘psiquiatrizadoras’, y la tercera, que muestra las experiencias políticas y personales de las personas identificadas de distintas maneras con las cuestiones trans. Más allá de lo dicho hasta aquí, no quiero descubrir lo que puede encontrarse en el libro, aunque su riqueza, su rigurosidad, su nivel de compromiso, así como su capacidad de matización y de análisis fino no permitirían hacerlo en estas breves páginas, lo único que quiero añadir de específico es que es de lectura imprescindible si se quiere abrir los ojos ante esta cuestión, o mejor dicho es de lectura obligada, si se quiere comprender mejor el control social en relación a los procesos sociales de sexuación y generización, los de tod@s nosotr@s sin excepción, puesto que tod@s estamos implicados en la construcción de las sexualidades en nuestra sociedad contemporánea cambiante y diversa.

Dicho esto, a continuación me gustaría plantear una especie de conversación a la que el Género desordenado me ha invitado, a partir de una de las cuestiones de trasfondo que lo atraviesan, en relación a la heterogeneidad del movimiento social trans, y a la de los movimientos sociales en general y su impacto en los procesos de transformación colectiva de la realidad.

Judith Butler en Mecanismos Psíquicos del Poder (1997/1998) plantea que el poder social opera mediante fenómenos psíquicos restringiendo y produciendo el deseo y el ámbito de la socialidad vivible. Es decir, dicho poder se transmuta en psíquico y produce, por una parte, ciertas modalidades de reflexividad en el sujeto, por otra, ciertas formas de corporalidad, y finalmente, limita sus formas de socialidad (cuyos contenidos están en relación con la categoría social específica/s por la que es interpelado dicho sujeto, el modelo normativo de género en el caso que nos ocupa). Dicho planteamiento, introduce la dimensión subjetiva, particular y situada del malestar y padecimiento que produce el modelo normativo de género binario y la transfóbia resultante en nuestra sociedad.

domingo, 21 de agosto de 2011

Grupos de hombres y patriarcado: ¿nuevas masculinidades y nuevos valores?

(Al-Garaia, Sociedad de Sexología, Pedro Antonio de Alarcón)

Las cuestiones referidas a la problemática del Sexo-Género se han venido poniendo de candente actualidad de unos años a esta parte en el Estado Español. Tanto desde los núcleos de investigación, en sus muy diferentes niveles, como desde los Medios de Comunicación de Masas que han promovido foros de debate en torno de estas cuestiones (aunque muchas veces de manera tópica y desafortunada), cada vez se habla más de la crisis del Patriarcado, de la crisis de los modelos masculinos, de la desorientación que afecta hoy a muchos hombres, así como de las nuevas mujeres que vienen "pisando fuerte" y de las aportaciones que los nuevos feminismos plantean tanto teórica como pragmáticamente a la lucha por un cambio social, por la consecución de unas relaciones más igualitarias y más justas (que no justicieras) entre las personas de distinto sexo.

Con este artículo pretendo ofrecer unos puntos para la reflexión que aporten a este debate abierto y a este conflicto complejo y multiforme en el que muchos hombres y mujeres nos encontramos implicados e implicadas. Gran parte de lo que a continuación voy a desarrollar ha nacido de lo que en los Grupos de Hombres venimos compartiendo y elaborando en estos últimos años. Espero que sea enriquecedor para muchos y para muchas y que provoque respuestas creativas que ayuden a la evolución del pensamiento y la acción no sexista.

El patriarcado oprime por igual a los hombres y a las mujeres

Se ha hablado mucho de la opresión que sufren las mujeres en el contexto social y cultural occidental en el que vivimos inmersos e inmersas. Siguiendo el discurso crítico de las mujeres, estas sociedades occidentales han sido acertadamente calificadas como pertenecientes a una "Cultura patriarcal", entendiendo por ello una organización cultural donde los valores asociados a lo que se entiende como "lo masculino", por una parte, se nos muestran como importantes, valiosos y deseables. Por tanto, se trata de los valores dominantes culturales. Por otra parte, los valores asociados a lo que se entiende como "lo femenino" se nos muestran como secundarios, menos importantes y, en consecuencia, no tan deseables como los primeros.

Por otra parte se trata de una cultura opresiva, que divide y enfrenta a las personas de muchas maneras. Una de ellas, a la que hemos hecho alusión, sería el "Sexismo" o discriminación de las personas por motivo de su sexo; otra lo sería el "racismo"o discriminación por motivo de la raza de pertenencia; otra el "heterosexismo" caracterizado por la homofobia que discrimina a homosexuales y lesbianas por motivo de la orientación del deseo sexual; y otra, la expresión política más característica y radical, sería "el fascismo", caracterizado al igual que todos los anteriores "-ismos" por la intolerancia a lo diferente y la estratificación en ciudadanos y ciudadanas de primera, de segunda y de tercera clase en función de su sexo, color de la piel, religión, ideología política u orientación del deseo sexual, entre otros muchos aspectos que no he mencionado aquí y que configuran las distintas caras del mismo fenómeno patriarcal o cultura patriarcal que estamos intentando perfilar.

Por tanto, podemos decir que el Patriarcado potencia relaciones de opresión y de poder entre las personas, dividiéndolas en categorías y subgrupos sociales. Enfrenta a los grupos de población, unos contra otros, como forma de control y de imposición de los valores considerados más importantes, mejores o "sagrados".

Como he apuntado antes, se ha hablado mucho de la opresión que sufren las mujeres en este contexto social y cultural occidental, que hemos calificado como "patriarcal" y en el que vivimos inmersos e inmersas, repito. Y esto es algo comprensible, puesto que quienes han ejercido esta crítica han sido, fundamentalmente, las mujeres. Al menos han desarrollado la parte crítica correspondiente a la denuncia de las formas de opresión social que sufren las mujeres por ser mujeres y que hemos denominado "sexismo". Y esta es una parte importante de la historia, muy importante. La otra parte la estamos comenzando a escribir los hombres que, desde los grupos de reflexión y toma de conciencia o "Grupos de Hombres" nos venimos reuniendo desde los años setenta (mediados de los ochenta en el Estado Español) en una labor de reflexión crítica con respecto a estas formas de opresión social y a los condicionantes tanto culturales como educacionales a los que las personas estamos sometidas desde el mismo momento de nuestro nacimiento e incorporación social en una cultura que separa y enfrenta a las personas en los dos sexos reconocidos oficialmente: los hombres y las mujeres*.

Es importante reflexionar acerca de cómo esta estructura social y cultural en la que vivimos hombres y mujeres nos está afectando a unos y a otras, tanto en la vivencias de los niveles o espacios privados de la vida como en los espacios públicos de la misma. En caso contrario, estaríamos contando una historia incompleta y, por lo tanto, injusta. Es hora de que los hombres hablemos y denunciemos también cómo esta estructura de poder que nos impregna nos está oprimiendo como colectivo de hombres y nos está dificultando, cuando no impidiendo, la posibilidad de conseguir una vivencia plena de la vida, al igual que a nuestras compañeras mujeres.

Y esta es una parte importante de la historia. La otra parte la estamos comenzando a escribir los hombres que, desde los grupos de reflexión y toma de conciencia o "Grupos de Hombres" nos venimos reuniendo desde los años setenta (mediados de los ochenta en el Estado Español) en una labor de reflexión crítica con respecto a estas formas de opresión social.

Las críticas feministas a la opresión patriarcal pecan en algunos casos, al igual que toda construcción teórica que pretenda entender el mundo y el papel de las personas en el mismo, de creencias míticas en varios aspectos de su discurso. Y esto, más que por una intención interesada en la explicación de la realidad, que no pretendo siquiera sospechar, puede ser debido a la falta de una parte importante de esa reflexión que han realizado, casi en solitario, las propias mujeres: la aportación de los hombres desde los propios hombres, la reflexión de los hombres acerca de los procesos y circunstancias en que estamos inmersos y que nos impactan directamente a nosotros, precisamente por ser hombres en una sociedad patriarcal y sexista. También el sexismo incluye, no lo olvidemos, la discriminación de los hombres en todos aquellos aspectos en los que se nos impide nuestra realización integral como personas por el hecho de ser hombres. Poniendo un ejemplo muy simple: es sexismo que una mujer perciba menor salario por realizar el mismo trabajo que un compañero suyo que es hombre; y es sexismo que se designe, como norma, la custodia de los hijos o hijas de un matrimonio separado siempre a la mujer porque es mujer y se le supone que "por naturaleza" se encuentra mejor capacitada para educarlos y darles los cuidados que necesitan. Ambas situaciones muestran ejemplos reales y actuales por los cuales hombres y mujeres sufrimos una discriminación sexista bajo la misma estructura sociocultural de tipo patriarcal. El sexismo es un concepto que deberíamos utilizar como un afilado instrumento o herramienta de denuncia de las desigualdades e injusticias sociales entre hombres y mujeres, pero de manera bidireccional: es decir, siempre que a una persona, independientemente de su sexo biológico, se le ejerza una discriminación por motivo de su sexo, bien se trate de un hombre o bien se trate de una mujer.

Uno de los aspectos míticos de parte de algunos de los discursos feministas tienen su base en la consideración de que la opresión que sufren los hombres, en todo caso, es menos importante que la opresión que sufren las mujeres. Partiendo de la base aceptada de que existe una estructura social que oprime tanto a las mujeres como a los hombres, se pasa a afirmar que la opresión de las mujeres es mayor, más importante, más violenta e intensa que la que los hombres tienen que soportar por pertenecer a la misma cultura patriarcal y sexista y por ser hombres. Este discurso puede resultar muy resbaloso y suele provocar el efecto contrario al deseado en las personas que lo reciben. Además de chocar, habitualmente, con la incomprensión de muchas personas, hombres y mujeres, que no aceptan este concepto social victimista de la mujer.

Yo prefiero decir, más bien, que la opresión cultural de las mujeres ha sido más y mejor estudiada, analizada, comprendida y denunciada que la opresión sexista que sufrimos los hombres. Y he calificado este discurso de resbaloso, a mi entender, puesto que con una tremenda simplicidad pasa de denunciar la opresión de las mujeres a interpretar la existencia de verdugos sociales que oprimen a estas mujeres y que, tantas veces y con tanta simplicidad, repito, se ha encarnado en la figura de los hombres como colectivo.

Puesto que las oprimidas son las mujeres, los opresores serán, en consecuencia lógica, los hombres. ¿Que hombres? ¿Todos los hombres oprimen a todas las mujeres? ¿Todos los hombres del mundo oprimen a todas las mujeres del mundo? ¿No estaremos creando nuevos mitos, nuevos discursos míticos donde "malos" y "buenas", a la manera de los cuentos morales de antaño, intentan explicarnos la realidad?

Plantear un discurso supuestamente liberador donde, de entrada, se subdivide al colectivo humano en "mujeres oprimidas" y "hombres opresores" es hacer el juego a la dinámica patriarcal que pretende enfrentar a las personas, dividir a las personas y levantar muros de incomprensión entre las personas o colectivos de personas. Es crear enemigos ficticios donde pueden no existir. Afinar este discurso y plantear que las mujeres están más oprimidas que los hombres viene a ser una versión actualizada de "más de lo mismo". Una consecuencia grave que se deriva de este discurso victimista es que impide identificar, entre otras cosas, las alianzas reales existentes entre grupos de hombres y grupos de mujeres que, hoy por hoy, nos encontramos aportando a la lucha por la transformación de las relaciones personales y de las relaciones sociales hacia una sociedad más igualitaria y más justa y, en definitiva, menos sexista.

Quizás fuera más justo plantear que, partiendo de una estructura social de opresión, hombres y mujeres nos encontramos discriminados en aspectos bien diferentes y diferenciados. Un somero análisis de la realidad y circunstancias actuales del colectivo de los hombres y del colectivo de las mujeres parece mostrarnos que más que un planteamiento de tipo unidireccional y cuantitativo, vivimos en una situación global donde los perjuicios asociados al sexo tienen mucho más de bidireccional y de cualitativo. En otras palabras, las mujeres tienen mucho de qué quejarse y muchos aspectos de su vida ligados a situaciones de discriminación por motivo de sexo y que reivindicar, así como los hombres tenemos también otros muchos aspectos de nuestras vidas ligados a discriminación por motivo de sexo y que reivindicar. Y por los que luchar de cara a un beneficio común y compartido.

El final de este camino lo constituiría una sociedad que muchos y muchas piensan utópica, donde hombres y mujeres nos relacionaríamos desde la igualdad de derechos y desde la posibilidad de potenciar todos aquellos aspectos que, como personas que somos unos y otras, traemos al mundo desde el mismo momento del nacimiento. Queda mucho trecho por recorrer, eso es algo evidente. Pero seguramente el camino será más llevadero y avanzaremos más rápido si identificamos las alianzas que tenemos disponibles y revisamos determinados discursos combativos que hacen más daño innecesario que aportar claves positivas de comprensión y de actuación constructiva, que es lo que resulta imprescindible.

Prefiero hablar de sexismo y del análisis de las realidades de los hombres y de las mujeres que de patriarcado y de planteamientos teórico-globales que siguen la misma estructura de pensamiento clasificadora de las personas e intentan la explicación del mundo, en este caso de la opresión de las mujeres, buscando verdugos. A nadie le gusta sentirse en el papel de verdugo y a nadie le resulta constructivo sentirse en el papel de víctima, máxime cuando no se corresponde a la percepción de la realidad.

Este discurso victimista es que impide identificar entre otras cosas, las alianzas reales existentes entre grupos de hombres y grupos de mujeres que, hoy por hoy, nos encontramos aportando a la lucha por la transformación de las relaciones personales y de las relaciones sociales hacia una sociedad más igualitaria y más justa y, en definitiva, menos sexista.

La lectura patriarcal, aunque básicamente acertada, corre el riesgo de dejarse llevar por una interpretación de la realidad unidireccional : "las mujeres son oprimidas por los hombres". La lectura sexista puede resultar más válida tanto en cuanto facilita una interpretación de la realidad bidireccional: mujeres y hombres padecemos la opresión patriarcal. Al menos cierto número de mujeres y hombres que pretendemos un cambio en las relaciones de poder entre los sexos hacia una sociedad más igualitaria y respetuosa frente a otro cierto número de hombres y de mujeres que pretenden que las cosas continúen de la misma manera. Si existe una "barricada" (y yo entiendo que sí), quizás se encuentre más cerca de este planteamiento que acabo de mencionar.

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* Existen culturas en que se reconoce la existencia de tres sexos en vez de dos como en Occidente. Culturas autóctonas del Norte de los actuales Estados Unidos diferencian tres sexos: los hombres, las mujeres y los berdajes, el tercer sexo. Los berdajes serían hombres con atracción sexual hacia otros hombres, atribuyéndoles por esta característica funciones espirituales y de iniciación y educación de los muchachos adolescentes de la tribu.


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